sábado, 7 de junio de 2008

¿Qué es para mi un documental? (Borrador)

Si pienso en la palabra documental no puedo evitar hacer referencia a la palabra madre de aquella: “documento”. Un documental es un cúmulo de información recogida de una realidad concreta. Y en aquella esta siempre impresa la subjetividad del autor. Esta realidad o tema puede ir desde el comportamiento del cóndor andino hasta el conjunto de documentos que explican un periodo histórico. Si bien, el caso del cóndor o cualquier otro tema de la naturaleza que excluye al hombre, es aparentemente ajeno a la subjetividad, esto no es así ya que igualmente, el realizador del documental elige que mostrar y que decir y no decir, y como enfocar los hechos.El documental puede tener un soporte visual y/o auditivo, y además realiza la función benemérita de informar.

jueves, 5 de junio de 2008

Sally en peligro

Esa tarde de invierno me quedé después de hora para terminar una presentación que debía entregar, al día siguiente, a unos clientes extranjeros. Cuando salí a la calle ya era de noche y las veredas estaban casi vacías.
Recuerdo que caminé luchando contra el viento que soplaba en dirección contraría a mí. La calle iba en pendiente hacía abajo y a lo lejos veía el puerto, y el río oscuro e inquieto. Seguí caminando hasta llegar a la cuadra donde estaba mi casa, y mi esposa.
Veinte metros antes de llegar escuché un alarido que heló mi sangre más de lo que estaba. Apuré el paso y abrí la puerta principal, seguramente mi Sally estaría en peligro: no había tiempo que perder. En el vestíbulo no había nada fuera de lo normal, todo estaba en su lugar. Los platos comprados en Munich inmóviles en la pared, el sobretodo de Sally colgado en el perchero y a un costado, la silla de mimbre.
Tenía frente a mí las escaleras que conducían a la planta alta y el pasillo angosto que daba a la cocina y al comedor. Me decidí por las escaleras, tenía la intuición de que Sally estaba arriba. Saltando de dos en dos los escalones llegué rápidamente al espacio central del primer piso.
Las tres puertas estaban, extrañamente, cerradas. Abrí la primera, que daba a nuestro dormitorio, y me encontré la ropa de los placares en el suelo, pero no ví a Sally. Volví sobre mis pasos y esta vez me dirigí, llevándome por delante la puerta, a la sala donde tengo mi escritorio y la biblioteca de mi esposa repleta de libros. Allí todo estaba tranquilo, nada fuera de lo normal.
Por último fui al baño y me encontré con que el espejo estaba roto. Corrí la cortina de plástico de la bañera y nada. Bajé las escaleras y estuve a punto de resbalar. El pasillo se me hizo interminable y finalmente llegué a la cocina y noté enseguida que uno de los cuchillos que tendrían que haber estado colgados sobre la pileta faltaba. Una angustia profunda se apoderó de mí. Pensé lo peor, pero tuve la idea de tomar uno de los cuchillos que quedaban.
Caminé casi desprovisto de esperanzas hacia el comedor y el cuadro que ví me espantó. Mi Sally estaba apresada por un hombre de ojos llenos de furia, y el filo del cuchillo que este sostenía rozaba el blanco cuello de mi amada.
En un arranque de recuerdos instintivos arrojé con fuerza mi cuchillo que dio en el hombro del mal viviente. Sally se pudo liberar, sin salir lastimada y corrió hacia mí. Yo tomé el cuchillo que aquel dejó caer y se lo clavé sin “anestesia” en el pecho. El sujeto se desvaneció y un río de sangre se derramó por su cuerpo.
Cuando vi que Sally estaba a salvo le confesé que antes de conocernos yo fui muy pobre y me ganaba la vida en un circo arrojando cuchillos a una compañera y que nunca había fallado. Ella entendió como había tenido la audacia y la precisión necesarias para hacer lo que había echo.
Así fue, señor juez, cómo sucedieron las cosas.

Historia de José

José vive en Hurlingham desde que yo tengo memoria, a pesar de eso no recuerdo cuando oí hablar de él, ni cuando lo vi, por primera vez. José es parte de la ciudad, no podría separar una cosa de la otra.
Nunca hablé con él, ni se con certeza cual es su historia, ni como llegó a ser lo que es. Muchas veces me contaron versiones sobre su vida que se contradicen considerablemente.
Solo se que cuando camino o salgo con el auto hay una gran probabilidad de que me lo cruce. Su figura gris, su sombrero raído y su barba descuidada que le llega al pecho lo hacen inconfundible.
Siempre camina a pasos cortos y con la espalda inclinada hacía adelante. Recorre las calles, examinando cada cesto de basura que encuentra. Los escolares lo saludan y él como si estuviera en su mundo tarda en levantar la mano y no pronuncia ninguna palabra.
La gente siente cariño por él y el que lo ve, siempre lo comenta con aire de importancia a sus familiares y amigos.
Recuerdo que cuando iba a la secundaría me contaron que José tenía una casita humilde en una ubicación favorable. Nunca me acerqué hasta el lugar pero enseguida me sorprendió que tuviera un domicilio y una propiedad, y que hiciera esa vida.
A veces hago una reconstrucción mental de cómo podría haber sido su pasado. Quizás fue hijo de padres de clase media capaces de haberle dado una educación promisoria. Posiblemente tuvo hermanos que murieron cuando él era aún joven.
Quién sabe si no se casó y tuvo una hermosa familia, y su esposa lo dejó y sus hijos partieron a tierras lejanas. Tal vez tuvo un trabajo bien pago en una empresa multinacional.
Me gustaría saber si eligió la vida que hace o las circunstancias lo llevaron a ella sin otras opciones. José es para mí una gran incógnita.


Mi nombre completo es José Armando Filetti y nací el 5 de mayo de 1924. Recuerdo que cuando mi madre dio a luz, en una habitacioncita de una pensión con mayoría de huéspedes de origen italiano, mi padre había salido a formar parte de una manifestación contra el presidente de turno.
Mis años de pequeñuelo los pasé yendo a una escuela pública del barrio y jugando a la pelota con mis amigos de la cuadra en un pasaje porteño y soñando con jugar en Alumni.
Cuando crecí un poco más me compré una bicicleta con lo que juntaba haciendo mandados a las vecinas. Con esa adquisición conseguí un trabajo como canillita. Me levantaba cuando aún no había amanecido y repartía los periódicos antes de ir a la escuela.
Después conocí a mi único amor: María Filomena. Con ella me casé y tuve tres hijos: Alberto, Gonzalo y Filomena, como su madre. Conseguí una colocación en la aduana y mi economía fue prosperando.
Compramos una casa en Devoto, además de un terreno en Hurlingham para tener una quinta de fin de semana. Mis hermanos volvieron al pueblo napolitano en donde habían nacido mis padres.
Pero una amarga enfermedad terminó con la vida de mi esposa. Mi salud mental fue empeorando y a pesar de los esfuerzos de los médicos no pude seguir trabajando. Me endeudé y perdí mi casa. Mis hijos aún pequeños no podían estar a mi cargo, así que los subí a un barco con destino a Italia.
Por un tiempo mantuve correspondencia con ellos, pero esta se fue dilatando y hace ya mucho que no recibo una carta.
Ahora vivo en una casita que construí en el terreno de Hurlingham. Desde la mañana a la tarde deambulo por las calles juntando lo que puedo, y lo vendo para poder comer. La municipalidad, por pedido de los vecinos tuvo piedad de mí y no me molesta con los impuestos, pero a cambio mi casa va a quedar en sus manos cuando yo muera.
En invierno paso frío, no son suficientes las dos mantas con las que me tapo. Aquel se cuela por las hendiduras de la pared de madera. Desde que vivo aquí tuve tres perros como compañía que fueron muriendo de viejos.
En los negocios de comida me regalan alguna sobra. Prendo un fueguito y con una olla abollada cocino mi comida.
Sé que la gente me reconoce y habla de mí, pero no tengo amigos y hace largos años que no me detengo a hablar con nadie. A esta altura no se si soy capaz de pronunciar alguna palabra, pero eso ya no me importa.
Espero el día en que el sueño se haga eterno, pero me voy de este mundo sin rencores. Al contrario he vivido cosas hermosas.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Los mendigos al rescate

Desde el campanario de la Iglesia de San Lucas se tenía un panorama privilegiado. Debajo, en lo inmediato, un hormiguero humano, desperdigado y movedizo cubría la plaza recién refaccionada por el Consejo Administrativo de la ciudad.
A la izquierda se veía el mercado, repleto de puestos de las más variadas mercancías. Del otro lado de la plaza, una ancha e interminable escalera con una pendiente de pocos grados llevaba a una fuente circular de ámplio diámetro, con una estatua de mármol blanco de un guerrero antiguo y desconocido para la mayoría, en el centro.
Si uno alzaba la vista un poco, se encontraba con el río atravesado por cuantiosos puentes con barandas esculpidas y no muy anchos, dispuestos en arcada. Y detrás, el barrio humilde sembrado de grandes casas con techos de tejas rojas, donde sus habitantes vivían casi apiñados. Por el cielo, pintado de manchas blancas, volaban grupos de aves del mismo color, en V.
En las escaleras para ingresar a la Iglesia se juntaba una comunidad de mendigos de asistencia perfecta, cuyos miembros eran siempre los mismos. Allí esperaban sentados a que los paseantes y devotos les obsequiasen una moneda al pasar.
Con su voz lastimosa y su aspecto zarrapastroso conseguían persuadir a la mayoría. A veces se generaban disputas por los lugares estratégicos. Entre esos personajes grises se encontraba Francisca, una mujer de avanzada edad que solía rondar los alrededores a cualquier hora del día y de la noche.
Francisca estaba sola en el mundo y no tenía un hogar fijo. Cuando juntaba dinero se iba a la pensión de un semita, una de las más baratas de la ciudad. Pasaba allí la noche y aprovechaba para descansar al máximo, porque no sabía cuanto tiempo iba a pasar hasta que tuviera debajo de su cuerpo algo blando donde reposar.
Las escaleras, las columnas y las paredes exteriores al edificio religioso eran de una dureza marmórea, que sumadas al frió castigaban los músculos y hacían doler los huesos hasta sentirse uno molido.
Había noches en las cuales Francisca ni siquiera dormía, deambulaba por las calles, cruzaba una y otra vez los puentes sin un destino fijo ni un objetivo consciente. Del otro lado del rió, en los barrios más pobres, Francisca era muy conocida por los vecinos que si bien eran pobres, no lo eran tanto como ella y le daban alguna cosa para comer.
La anciana se había criado y había vivido en ese barrio hasta que quedo viuda y perdió sus habitaciones, al ser estafada por unos prestamistas de absoluta insensibilidad. Como tuvo un solo hijo, el cual falleció de una extraña enfermedad, quedó sola en la vida.
Entre los mendigos encontró una familia sustituta, desamparada como ella, que no le podía servir de sostén material, pero que la hacía sentir menos sola en la triste suerte que le había tocado. Entre esta reinaba el respeto y el compañerismo, y se ayudaban mutuamente con lo que no tenían.
Entre todos, con quién tenía una amistad más estrecha era con Julio, hombre pobre y viejo al igual que ella, capaz de una honestidad y una probidad extremas, y además un compañero fiel que velaba por Francisca en todo lo que podía. La comunidad estaba además integrada por otros compañeros, casi todos de edades avanzadas. Eran personas sencillas con historias, en su mayoría, desgraciadas. La mayoría, mujeres habladoras y pendecieras en exceso.
Una noche triste como otras tantas, Francisca y Julio estaban sin hacer nada, como de costumbre, en uno de los puentes, apoyados contra la baranda, cuando se desató una tormenta apabuyadora. Los dos corrieron a resguardarse debajo del alero de un edificio municipal ubicado en una calle lindera, paralela al rio.
De pronto vieron pasar corriendo a dos hombres de aspecto similar al que se veía en las tabernas y prostibulos clandestinos de la parte más pobre y peligrosa de la ciudad. Uno de los sujetos llevaba en sus brazos a un niño de poca edad que lloraba desesperado al ver que lo quitaban de al lado de su madre.
A lo lejos, en dirección contraria a la que se dirigían los secuestradores, llegaban, entre la niebla y la lluvía, efectivamente, los gritos de una mujer sumida en un ataque de nervios. Francisca y su compañero, con impotencia vieron alejarse y desaparecer a los hombres en la densa oscuridad del barrio bajo. Despues cruzaron el puente, el mismo a donde habían estado ellos charlando hacía pocos minutos.
Los dos mendigos se trasladaron en dirección a los gritos y encontraron a la mujer llorando de rodillas contra una pared. Momentos despues apareció un policia que estaba rondando la zona en ese momento, algunos vecinos oyeron los gritos y se asomaron por las puertas y ventanas de sus casas. El oficial interrogó a la victima, quién relató, más calmada, a los presentes lo siguiente:
-Volvía a mi casa con mi hijo, despues de pasarlo a buscar por la casa de mi madre. Venía del restaurante, en que trabajo. Se me hizo tarde, hoy los clientes se quedaron más de lo acostumbrado.
El policía iba tomando nota en un cuadernillo a una velocidad impresionante. Francisca y Julio oían atentamente. La mujer continuó entre sollozos:
-Ibamos de la mano hablando sobre como había pasado el tiempo en casa de mi madre y de repente, sin haber yo escuchado a nadie lo toman y se lo llevan. ¿Cómo voy a recuperarlo? Digame oficial. Por favor.
-Vamos a hacer todo lo posible, señora. La invito a acompañarme a la comisaría para hacer la denúncia. –respondió con calma el oficial y juntos se alejaron por una calle transversal.
Los dos mendigos se quedaron haciendo comentarios con los vecinos y concluyeron en que iban a hacer lo posible para ayudar a la pobre mujer.
Al día siguiente pasaron la mañana en la Iglesia de San Lucas y a la tarde cruzaron el río para preguntar a los habitantes de aquel barrio si sabían algo del niño robado. La mayoría de los conocidos de Francisca habían oido la noticia del secuestro pero no sabían nada sobre el paradero de la criatura robada ni de los secuestradores.
El último en ser interrogado, el dueño de una taberna de reputación sospechosa, dijo haber escuchado segmentos de una conversación entre dos hombres de aspecto criminal.
-Hablaban de secuestrar a una “criatura”. Yo pensé, estos hombres o tomaron antes de venir o no estan bien de la cabeza. Ahora todo me cierra, se referían al chiquillo. Si, querían pedir dinero a cambio, veintemil, treintamil pesos, no me acuerdo.
Los dos mendigos fueron a la puerta de la Iglesia de San Lucas y pidieron colaboración al resto de la comunidad de semejantes. La respuesta fue instantánea y unánime, acordaron ayudar a la madre a partir de ese momento.
Un muchacho, vendedor de la gaceta local, vociferaba acerca de la noticia. Por otra parte el Consejo Ádministrativo de la ciudad había divulgado que tenía planeado realizar una busqueda minuciosa por todos los rincones de la ciudad, a pesar de ser esto casí imposible, teniendo en cuenta el reducido número de oficiales que tenían en servicio.
La puerta de la Iglesia se convirtió en el centro de comando de la investigación montada precariamente, aunque con grandes posibilidades de éxito, por los mendigos. Cada uno que llegaba al lugar traía algun rumor de procedencia dudosa, pero que se escuchaba con celosa atención.
Así, se iban formando conjeturas y se proponían lineas de investigación. Los mendigos tenían una ventaja sustancial sobre el Consejo y sus oficiales: conocían el barrio pobre como ninguno de aquellos. Investigando, dieron por fin con el dato, casí seguro, de la ubicación de la guarida de los secuestradores.
Informaron inmediatamente al Consejo y este no tuvo más que rescatar al chiquillo. Así el credito fue para el Consejo. La gaceta claramente oficialista obvió por completo el papel de los mendigos. El redito pólitico fue determinante en el futuro de la ciudad.
En un acto público en la plaza de la Iglesia, el Consejo fue aplaudido frente a una mayoría de clase acomodada de esa parte de la ciudad y se pasó por alto la importancia de la ayuda de los mendigos, una vez más.
Tan solo la madre del niño, al ser visitada por Francisca y su compañero, supo como se había llegado a rescatar a su hijo. Ese día la puerta de la Iglesía de San Lucas estaba más silenciosa y desconcertada que nunca porque si bien habían ayudado a encontrar al niño, el rédito dado al consejo injustamente fue utilizado con fines póliticos poco transparentes.

Época de guerra

Todos los hombres aptos para la batalla habían dejado a sus mujeres e hijos para ir al frente. Las primeras semanas reinaba el desconcierto pero poco a poco se formó la conciencia colectiva acerca de que si no se organizaban los que quedaban, morirían de hambre.
Después de deliberar el pueblo quedó a cargo de algunos ancianos que aún pensaban con claridad y un grupo de madres enérgicas. Los habitantes improvisaron un comedor comunitario en un galpón, propiedad de la ya extinguida municipalidad.
Colocaron las mesas en filas y con la ayuda de grandes ollas cocinaron para los niños, los abuelos y para ellas mismas. A veces la escasez de alimentos hacía que los platos se vieran realmente pobres. Las verdes huertas aún no producían la suficiente cantidad de vegetales, las vacas no alcanzaban y ya quedaban pocas gallinas.
Un grupo reducido de madres hacía expediciones por los alrededores para comprar alimentos. Sacaban de sus ahorros todo lo que tenían, pero en esos tiempos el dinero tenía un valor insignificante y la gente de los alrededores no se desprendía de los víveres por nada del mundo.
La guerra creó una nueva clase de individuos: oportunistas que se dedicaban al comercio de víveres pretendiendo hacerse ricos con las circunstancias del momento. Conseguían carne y verduras en lugares desconocidos y los intercambiaban por oro en los pueblos que visitaban.
Uno de esos traficantes se llamaba Jeremías y se acercó una tarde a Rivaria con su camioneta destartalada y destapó una manta oscura que cubría los alimentos, delante de un grupo de ciudadanos.
Lo que pretendía Jeremías por su cargamento de víveres era una cantidad desorbitante comparada con el escaso oro que juntaron entre todos los vecinos, violando cajas fuertes y cofres, de las casas deshabitadas y abandonadas, ya que sus ahorros ya los habían gastado. Las súplicas y las razones dadas por las madres desesperadas no pudieron ablandar el pétreo corazón del comerciante.
Algunas madres empezaron a cuchichear disimuladamente. La idea se propagó rápidamente, rodearon a Jeremías como lobos al acecho de una presa y lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. El insensible se despertó encarcelado en la comisaría, desde hacía un tiempo en desuso. y rogaba desde detrás de las rejas que por favor lo liberaran.
Descargaron la mercadería y la llevaron al galpón. El refuerzo de alimentos se racionó cuidadosamente y duró, para alivio de las madres, una semana entera.
Días después un soldado del bando socialista, entró cojeando por la calle principal de Rivaria en busca de agua potable. María, madre de tres hijos lo vio venir y lo ayudó a llegar al galpón. Sentado en una mesa el inválido contó que era de un pueblo ubicado a doscientos kilómetros al este de nombre Ferras.
Según dijo las cosas en el frente no iban bien:
-No podremos contenerlos mucho más. Llegan refuerzos enemigos constantemente y en unos días romperán nuestra línea y estarán pisando este suelo.
Los niños que ya entendían lo que pasaba empezaron a berrear y el terror se propagó entre los presentes. Solo tenían unos días para decidir como proceder. Las horas pasaban y no encontraban una solución posible hasta que Ramiro, uno de los ancianos, recordó que detrás de la montaña había una cabaña escondida.
Utilizando la camioneta transportaron los elementos imprescindibles a la construcción oculta, detrás de la montaña.
En el camino hicieron un alto en la cima de la montaña desde donde se veía con claridad el pueblo abandonado y sin movimiento alguno. Hacía calor y las madres acostaron a sus hijos en la cabaña y pasaron la noche a la intemperie. Durante la mañana pasó un batallón enemigo desordenado por el valle.
Se detuvieron en el pueblo y lo inspeccionaron casa por casa, y al ver que no había nada que les sirviera siguieron camino hasta desaparecer detrás de un bosque de pinos. Los habitantes de Rivaria vieron desde la misma cima, con alivió como los soldados enemigos desaparecían.
Esa noche alrededor de una fogata, alimentada con ramas secas traídas por los niños se deliberó sobre cual sería el siguiente paso y se llegó a la conclusión de que esperarían a tener noticias de la situación de la guerra.
Como el tiempo pasaba y las noticias de la situación militar no llegaba, Marta una de las madres más tenaces propuso crear una célula y enviarla en busca de información. Hacía ya dos semanas que vivían ajenos a lo que sucedía fuera.
Jorge, uno de los ancianos se ofreció como voluntario, y todos estuvieron de acuerdo en que fuera él acompañado por dos mujeres: Josefina y Ramona. A la mañana siguiente cuando el sol aún no había salido partieron los tres expedicionistas con una mochila llena de alimentos.
Tomaron la dirección de Góntes, el pueblo más cercano y llegaron allí cerca del mediodía. Los habitantes los recibieron con alegría y les contaron que estaban en la misma situación de ignorancia sobre como iba la guerra, pero temían una ocupación enemiga. Sabían que los tratarían con desprecio y altanería, y se adueñarían de todos los objetos de valor.
Los tres enviados siguieron el camino, sabiendo que arriesgaban sus vidas, hacia el norte. Después de cruzar un río de poco caudal encontraron a un guardabosques que les contó lo que un viajero le había relatado a su vez:
-Al parecer la milicia del rey tiene la guerra ganada, pero yo, conociendo el carácter del soberano, deduzco que no van a ser duros con los pueblos insurrectos. Seguramente usaran políticas persuasivas para ganarse la simpatía de los habitantes de nuestra región.
Los viajeros no confiaron demasiado en las palabras del ermitaño. Pensaron que posiblemente había inventado lo que decía para darse importancia, así que siguieron caminando hacía el norte. En un pequeño asentamiento al costado del camino unos campesinos aseguraban que sus tierras ya eran del rey y que pronto se las quitarían.
Siguieron en su búsqueda y divisaron a lo lejos a tres soldados realistas con uniforme rojo que venían montados en sus caballos. Jorge quitó a sus dos compañeras de la carretera y los tres se escondieron detrás de una hilera de arbustos.
Los soldados venían charlando sobre sus familias cuando Josefina, sin consultar, salió de su escondite y se acercó a los tres hombres y les preguntó:
-Buenas tardes, señores. ¿Díganme quien ganó la guerra?
-Los realistas, por su puesto señora, hemos vencido ampliamente -respondió el que parecía más joven.
Josefina pensó en su esposo y preguntó angustiada:
-¿Saben algo de Matías Alfonso? Es mi esposo y temo que halla muerto. Es de un pueblito más al sur llamado Rivaria.
-Señora seguramente su esposo ya no esta entre los vivos, quedaron pocos prisioneros. Lo lamento.
Jorge y Ramona salieron del escondite y caminaron con timidez hasta la carretera. Ramona abrazó a su amiga y Jorge preguntó:
-¿Qué piensa hacer el rey ahora que nos tiene en un puño?
-El rey es magnánimo y va a proteger a sus corderos descarriados para volverlos a la senda.
Los tres habitantes de Rivaria saludaron a los soldados y comenzaron su camino de regreso al pueblo. Tres días tardaron en llegar. Los otros los recibieron ansiosos por saber que habían averiguado. Jorge contó todo desde que llegaron a Góntes hasta que se cruzaron con los soldados realistas.
Las mujeres y sus hijos lloraron un largo rato porque había pocas probabilidades de que sus padres y esposos estuvieran vivos. Jorge pidió atención y dijo:
-Tenemos que ver la mitad del vaso llena. Nuestros hijos están a salvo, el ejercito realista va a llegar y nos prestara la ayuda necesaria para alimentarlos. Yo también estoy triste, se que no hay posibilidades de que vuelva a ver a mi dos hijos, pero la vida debe seguir adelante. Debemos volver a nuestro pueblo.
Y así se hizo, tomaron las pertenecías, bajaron por un camino escarpado por la ladera de la montaña hacía Rivaria y esperaron la llegada de los enemigos.
Los vieron venir al quinto día. Eran una veintena de realistas con sus armas y caballos. El primer oficial, José Antonio, se paró frente a los habitantes y comenzó su discurso:
-Pobladores de esta ciudad los invito amablemente a responder a mis ordenes en todo y serán tratados con respeto y podrán continuar sus vidas con toda la normalidad que deseen.
Se escuchaba con atención a este hombre alto y delgado que en adelante decidiría sobre ellos. Marta y Jorge pidieron que se continuara con el funcionamiento del comedor. El primer oficial argumentó que no quería reuniones, que cada habitante debía permanecer en su casa y que un cargamento con víveres llegaría pronto como señal de amistad de parte del soberano protector.
Los habitantes no tuvieron más remedio que hacer lo que se les decía, cada uno se dirigió mansamente a su casa. Por la noche los soldados hacían rondas por las calles asegurándose de que nadie saliera de su hogar.
Riviera se convirtió en un pueblo desolado, el viento corría por sus calles desiertas. Para ir de una casa a otra se hacía siempre con la compaña de un soldado, que se mantenía presente en las conversaciones. Cualquier frase que pusiera en peligro la seguridad del orden impuesto era llevada inmediatamente a José Antonio, amo indiscutible de Riviera.
Una tarde, Jorge intentó llegar a la casa de su amiga Marta con intención de tener una conversación privada para deliberar que harían para deshacerse de los soldados. Sabían que eso no se podía hacer de un día para otro, pero no se podían quedar en la situación en que estaban.
Jorge salió de su casa cuando el soldado que lo custodiaba se había acercado a su compañero más cercano para pedirle un cigarrillo y se quedaron conversando unos minutos. El anciano dio un rodeo para no ser descubierto. Se escondió detrás de un sicómoro y corrió hasta el portal de una casa, y faltó poco para que sea descubierto.
Entró por la puerta trasera de la casa de Marta y la encontró sentada de espaldas en un sillón de paño sumida en amargos pensamientos. Se acercó silenciosamente y Marta se sobresaltó. La conversación fue larga, al principio pensaron en que había que apuntar al primer oficial, una puñalada certera podía liberarlos de ese personaje despreciable.
-¿Pero hasta cuando? –preguntó Marta. En pocos días llegarían otros soldados, se impondría otro amo y la situación sería la misma, si es que no los castigaban. Jorge convino, pero ¿qué hacer? Se llegó a la conclusión de que había que dar el golpe pero de forma colectiva, para luego escapar al sur, a los territorios aún independientes y fuera del alcance del poder real.
Marta pudo comunicar a un grupo de mujeres cual era el plan y cuando tenían que hacer su parte. Un anochecer cuando el sol estaba bajando y todo estaba calmo, salieron de su casa las tres mujeres encargadas de la farsa. Una con un cuchillo de cocina decía que quería terminar con su vida, que así no se podía estar “en este mundo”.
Otras dos, entre ellas Josefina, impedían que aquella culminara con su acción. Así se atrajo la atención de los soldados y José Antonio no tardo en venir. Las mujeres siguieron la escena un largo rato a pesar de la presencia del jefe. Los llantos y los gritos no cesaban.
Por otra parte Jorge acompañado de un anciano llamado por todos por el sobrenombre de “el calvo” entró en el edificio municipal donde tenía su despacho el jefe y robaron varios fusiles y granadas. Cuando Sabino volvió al lugar y no encontró las armas, dio orden de revisar inmediatamente casa por casa a sus soldados.
Pero ya era tarde, desde las ventanas los de Riviera descargaron los fusiles y arrojaron las granadas haciendo un verdadero exterminio.
Rápidamente se juntaron los elementos ya preparados, para partir. Así empezó el éxodo hacia el territorio libre. Tardaron dos días y una mañana en llegar a la primera ciudad después de la frontera donde fueron recibidos ante la mirada asombrada de los habitantes del lugar.
El intendente de la ciudad, hombre serio y amable les designó un pabellón adonde podían instalarse en adelante e invitó a Jorge a su despacho. Allí el viejo le contó los sucesos pasados. Por su parte, el intendente le explicó que se estaba preparando una contraofensiva con el apoyo de un país limítrofe que se sentía amenazado por la expansión del poder realista.
Las madres se sentían por fin resguardadas de los peligros de la guerra, por un tiempo más o menos extenso. De esta forma los nervios fueron pasando y los ánimos se relajaron.
En el cuartel una división de infantería se estaba preparando para partir hacia el territorio en disputa. Pronto llegarían refuerzos de otras ciudades vecinas.

Berenice cautiva

El helicóptero salió 9 am de la capital de Namibia con destino a Kapéc, una de las zonas de mayor riesgo sanitario del país africano.
La doctora Berenice Anderson, de nacionalidad inglesa, sentada sobre una caja metálica entre los paquetes repletos de alimentos y botiquines, miraba desde la altura el paisaje de casas semiderruidas y calles de tierra. Por la radio que llevaba en su mano se dio la noticia de la incursión militar de un grupo armado en la zona como respuesta a un ataque aéreo por parte del presidente Kosami.
Al tocar suelo el artefacto, un grupo de niños desnutridos lo rodearon y se quedaron mirando asombrados el descenso de la doctora. Una moto estacionada a un costado la esperaba para llevarla a un asentamiento en donde residiría por el momento.
La doctora iba mirando el paisaje mientras luchaba contra el viento. De pronto un viejo jeep de origen norteamericano cargado con varios soldados con ametralladoras se cruzó en medio del camino. La moto frenó en una maniobra ajustada.
Al ver el color de piel de la doctora se acercaron a la moto y conversaron en un dialecto que ella no comprendió. Después de amenazarla con un arma, la tomaron y la llevaron al jeep.
El vehiculo tomó por un camino que cruzaba la selva y después de cuarenta minutos llegó a una aldea en la que tanto los adultos como los niños llevaban armas pesadas. Un hombre alto y de piel muy oscura recibió a la prisionera en su choza adornada con banderas de múltiples colores.
En un ingles mezclado con palabras autóctonas le hizo algunas preguntas incisivas. La doctora comprendió rápidamente que se encontraba en una situación de peligro extremo. Luego le fue asignado un guardia permanente.
Berenice trató de calmarse y miró su reloj, eran las seis de la tarde, en poco tiempo el sol empezaría a ocultarse. Miró a su alrededor y se preguntó angustiada donde pasaría la noche. Se sentó en un rincón y empezó a derramar lágrimas.
Cuando se hubo calmado la señorita Anderson hizo una mirada retrospectiva al pasado pasando por los momentos más significativos de su vida. La incertidumbre de no saber si saldría con vida de la comprometida situación en que estaba se apoderó de ella.
En Londres en un departamento ubicado cerca de la estación Victoria vivía la familia Anderson, compuesta por William, el hermano menor de la doctora y sus padres. Al llegar la noticia de que la adorada Berenice estaba en cautiverio, en medio de un conflicto sangriento, la madre derramó desesperadas lágrimas y el padre se amargó profundamente. El pequeño Billi creyó que no volvería a ver a su hermana.
Momentos después se quedó dormida. Si bien el clima era caluroso, a la noche el frío castigaba severamente. Cuando se despertó ya era de día y su guardián estaba a solo unos metros de ella observándola.
El guardia se acercó aún más y le mostró, con una sonrisa en su rostro y murmurando palabras inteligibles, un facón que colgaba de su cintura. Berenice pensó que moriría degollada salvajemente, pero por sorpresa un alarido de afuera hizo que el guardia saliera de la choza. Afuera se oían voces y movimientos de personas yendo de un lado a otro.
Cuando el guardia volvió Berenice trató de entenderse con él, pero este se mantuvo sepulcralmente mudo. Ella se levantó y salió de la choza siempre seguida de cerca. Encontró al africano que hablaba ingles aleccionando a un grupo de niños en el uso de las ametralladoras. Se quedó a un costado y luego le preguntó que iban a hacer con ella.
El jefe le contestó que por ahora se mantuviera en calma y que posiblemente sería liberada en una semana o dos si el presidente del país accedía a los pedidos económicos acordados hacía meses. Berenice era observada atentamente por todos los que la rodeaban, se sentía desorientada y confundida.
A lo lejos vio una sombra proyectada por un árbol de estatura nunca vista por ella hasta entonces y hacía allí se dirigió. Su guardián, como siempre, la siguió.
Al mediodía le llevaron un plato con un alimento pastoso que comió a pesar del gusto horrendo que tenía. Horas después se hizo un revuelo al llegar cinco prisioneros de piel oscura. Fueron puestos en fila y fusilados en un simple trámite.
Al día siguiente dos aviones caza sobrevolaron el campamento dos veces consecutivas y no volvieron a verse. Este suceso fue muy comentado por los aborígenes. Pasaron varios días hasta que el jefe la llamó para conversar con ella. Le comunicó que las negociaciones iban por buen camino y que pronto volvería a su casa, y le informó que la noticia de su cautiverio había trascendido en su país.
Esa misma noche un ataque sorpresa sacudió la aldea. Luces de linternas se cruzaron por todas partes y los disparos de ametralladora irrumpieron en el silencio de la noche. Dos soldados con uniforme verde entraron a la choza de Berenice y mataron al guardia en un instante.
La tomaron y la acompañaron hasta un helicóptero, que ascendió rápidamente. Debajo reinaba el caos. En quince minutos estaban en la pequeña embajada inglesa. Berenice pasó por un examen médico exhaustivo, antes de que la dejaran tranquila. Estaba shockeada.
Su pasó por Namibia fue cortó y complicado. Prefirió volver a su a país para recuperarse junto a sus seres queridos.

sábado, 10 de mayo de 2008

La carreta

Capitulo I

Ramón tenía una vieja carreta. Trabajaba con ella trasladando distintas mercancías. Aquella era su elemento de trabajo indispensable, la forma que había encontrado de ganarse la vida y de alimentar a su creciente familia.
En el feudo donde vivía había un castillo en la cima de una montaña y en sus valles circundantes había casitas desparramadas donde vivía el común del pueblo. En el castillo vivía el rey Manuel y toda su corte rodeados del más ostentoso lujo. El castillo tenía un portón robusto que se cerraba en épocas de conflictos bélicos.
Ramón vivía en uno de los valles del feudo donde tenía una casita humilde pero bien arreglada, en la cual vivía él con su familia. Estaba casado con una mujer algo gruesa pero bonita y además tenía cuatro hijos. El mayor, Enrique, estaba de aprendiz con el zapatero del pueblo. Las dos niñas (Ana y Laura) eran mellizas y ayudaban a su madre con la casa. Y por ultimo el más pequeño: Tomas, que desde su nacimiento revolucionaba la casa.
Un día de sol, por la mañana, Ramón salió a trabajar con su carreta cuando un asaltante se interpuso en su camino, amenazándolo con matarlo con un cuchillo sino le entregaba la carreta con su carga de sacos de cebada. Lo maniató y lo dejó tirado en una zanja con la cara contra el barro.
Un viajante que pasaba por ahí lo encontró casualmente cuando acercaba su caballo para que este colme su sed. Hacia muchísimo calor. El hombre lo sacó a Ramón del barro y lo ayudó a incorporarse, después le quitó la soga con que tenía atadas las manos y el trozo de tela que tenía en la boca. Cuando esto pasó el hombre pudo contar lo sucedido, con alivio, de que no hubiera sucedido nada a su persona. Dio gracias a quien lo había sacado de ese mal trance.


Capitulo II



Ramón se despidió de su circunstancial salvador y se fue deprimido a su casa. Cuando cruzó el portón de la verja que limitaba su propiedad, su mujer se asombró de que su marido venía caminando sin su carreta. Ramón le contó entre lágrimas lo sucedido. Los chicos escucharon que pasaba algo y salieron al patio y se enteraron de la mala nueva. Ese día fue de gran desazón para la familia.
Al amanecer del día siguiente Ramón y su mujer fueron al castillo y pidieron una audiencia con el rey. Tuvieron que esperar, pero este los recibió cortésmente. Ramón le contó cómo había perdido su herramienta de trabajo y de la urgencia que tenía de conseguir otro medio de subsistencia porque debía alimentar a su familia. Para fortuna de Ramón, Manuel le ofreció ser su mensajero personal y con una paga que superaba airosamente lo que ganara con la carreta.
Así que a Ramón le fue dado un caballo de raza y un traje nuevo que le daba prestancia. El primer día de trabajo Ramón tuvo que llevar una carta dirigida a un rico mercader que vivía en la costa de un mar lejano. El viaje duró tres días con sus noches. Apenas si paraba para que su caballo y él recobraran sus fuerzas. Se alimentaban en postas y calmaban su sed en algún arroyo cercano. Un sábado por la mañana llegó Ramón a un asentamiento de tiendas y carretas. Se presentó en nombre del rey Manuel y fue conducido a la tienda del comerciante. Este lo recibió sin demasiada atención y le entregó a su vez un sobre para el rey.
Cuando Ramón estaba por partir nuevamente a su pueblo, vio una carreta que se asemejaba a la que era de él. Se acercó y preguntó por el dueño de la misma y le señalaron a un hombre que enseguida reconoció como su asaltante.
El día que llegó a su pueblo y se presentó a Manuel para entregarle el sobre dado por el mercader y este comprobó que el trabajo estaba bien hecho, le contó que había visto y reconocido a su asaltante con su carreta en las tiendas del comerciante.
El rey escribió una carta que Ramón llevó a las tiendas, en la que instaba al destinatario (el mercader) a devolver la carreta a su dueño y así lo hizo, haciendo honor a su amistad con Manuel.
Finalmente Ramón recuperó su carreta y aun así conservó su trabajo de mensajero, pero le dio la carreta a su hijo mayor que trabajó con responsabilidad transportando granos y aportando dinero para que la familia pudiera vivir más holgada.


Fin

El entierro

Esa noche Raúl había estado en un bar tomando bebidas blancas hasta altas horas. Acostumbraba a sentarse en un banquito ubicado al lado de la barra.
En los banquitos vecinos se sentaban otros de su misma condición. Gente que se sentía sola y triste, y que encontraba allí un refugio. Las palabras no eran muchas, solo se expresaban de a ratos con comentarios cortos.
La cuestión era sentirse menos desamparados. El alcohol daba ánimo para seguir adelante con las íntimas historias de vida de cada uno de ellos. A veces estas eran muy desgraciadas. En el caso de Raúl sufría una terrible depresión padecida desde tiempos lejanos.
Esa noche antes de ir al bar Raúl había recibido un llamado telefónico. Una hermana le dio la triste noticia de que el hermano mayor de ambos había fallecido. Al día siguiente se realizaría el funeral.
Alrededor de las tres de la mañana Raúl volvió a su casa tambaleándose por las veredas. Se apoyaba en las paredes para no irse contra el suelo.
Un ratero intentó robarle, pero comprendió que no había nada para robar. Después de un rato de andar llegó a su casa.
El problema era que no daba con la llave en la cerradura. Hizo varios intentos hasta que la puerta se abrió. Así como llegó se tiró vestido sobre su cama y durmió hasta el día siguiente.
A la mañana lo despertó un hálito de luz que entraba por la ventana. Miro el reloj de pared y comprendió que debía apurarse para llegar al entierro.
Se dio una ducha, se vistió con lo mejor que tenía y se encaminó al cementerio. Cuando llegó, se disponían a bajar el féretro en la fosa. Raúl se ubicó junto a los demás familiares.
Lo curioso era que entre los familiares del fallecido se encontraban personas que habían muerto hacía tiempo y que Raúl reconoció.
Allí estaban su padre y su madre, sus abuelos y varios de sus tíos. Raúl tenía un dolor de cabeza insoportable. Miraba entrecerrando los ojos a estos personajes y luego miraba al resto de la comitiva.
Al parecer nadie había reparado en la presencia de estos seres. La ceremonia se dio por terminada y la comitiva se disperso triste y con la cabeza gacha.
Raúl hizo lo propio, En la puerta tomó un taxi, con el dinero que tenía en el bolsillo. Como este no era mucho, tuvo que bajarse antes de llegar a su casa.
En el camino pasó por el bar que frecuentaba y entró. Allí estaban sus amigos. Pero no solo los de siempre. A estos se agregaban algunos que ya habían fallecido.
Pero al parecer, tal como le había pasado en el cementerio, solo él veía a los muertos. Sus amigos charlaban entre ellos como de costumbre.
Raúl pensó que estaba alucinando. Así que alegó que se sentía mal, se despidió de sus amigos, un poco nervioso y siguió camino a su casa. Entró y se acostó, pensó que si dormía las alucinaciones cederían.
Cuando despertó, se sentía abombado. Se levantó y se dirigió al baño. Se lavó la cara con agua para despejarse. En el comedor lo esperaba una sorpresa.
Allí estaba su fallecido padre. Cuando Raúl lo vio quedó congelado y retrocedió unos pasos aterrado. Su padre, suavemente lo invitó a sentarse a su lado.
Raúl le preguntó por que le hacía esa visita. Su padre le contestó que quería pedirle algo. Deseaba que su hijo cambie el curso que le estaba dando a su vida. Él se encargaría de darle la energía necesaria.
Desde ese día la vida de Raúl cambió positivamente. Buscó un trabajo y dejó de tomar alcohol. Sus amigos del bar ya no lo veían.
Tiempo después se casó y formó una familia.

La escuadra de Buenos Aires

El dolor de muela me estaba resultando insoportable. Ya no podía escapar a lo inevitable, debía visitar a un odontólogo. Siempre les tuve recelo y pánico, pero no tenía otra opción. Agarré la cartilla de la prepaga y busqué un dentista en la zona de Almagro.
Me tapé con un abrigo y salí a la calle. Afuera hacía un frío devastador. Tomé un taxi en la puerta de mi casa y le indiqué al chofer la dirección del consultorio odontológico.
En pocos minutos estábamos frente al edificio indicado. Le pagué al taxista y me bajé, cuidando de no dar un portazo, cosa que detestan los del gremio.
Una vez en el recibidor, una secretaria me pidió la credencial. Su aire me pareció inhumano y su actitud poco comprensiva. Luego me senté en la sala. La cara de los que estaban, al igual que yo, esperando, no era muy alentadora. Parecían vacas yendo al matadero.
Estaba muy nervioso y escuchaba detrás de la puerta el inconfundible sonido aterrador que produce el torno. No estoy seguro pero me pareció oír, también, el frágil lamento del afligido paciente de turno.
Después de quince minutos de sufrimiento se abrió la puerta del consultorio. Un señor algo mayor que yo salió con gesto de dolor en su rostro y agarrándose la barbilla con la mano. Pasó delante de mí a paso ligero. Yo lo miré mientras avanzaba por el pasillo, hacía la puerta de salida.
La doctora me impactó enseguida, era la frialdad misma. Se dispuso a llamar al siguiente. Yo pensaba que había llegado mi hora. Abruptamente oí: “Ramirez”: no era yo.
El indicado entró cabizbajo. Yo agradecía que no me hubiera llamado a mí. Pero después me di cuenta de que tarde o temprano me iba a llamar y era mejor que fuera cuanto antes, tenía miedo.
Después de otros quince largos minutos la puerta se volvió a abrir. Ramirez salió serio y se alejo. “Gomez” dijo la doctora. Había llegado el momento.
Estuve a punto de decirle que me sentía mal y que tenía que irme a mi casa, pero endurecí la mandíbula y entré.
Adentro me encontré con algo inesperado. La doctora me invitó a sentarme y presionó un botón que estaba ubicado sobre el escritorio y una réplica de Van Ghog, ubicada contra la pared, giró dando lugar a una pantalla.
Yo no entendía nada de lo que estaba pasando y miraba asombrado a la doctora, sin poder articular ninguna palabra.
-Observe atentamente. –me dijo ella.
En la pantalla se explicaba rápidamente que la situación de nuestro planeta era sumamente delicada. Y que yo debía unirme a la doctora en una misión, con urgencia.
-¿Entendió lo que acaba de ver? ¿Esta preparado para salvar el mundo? –me preguntó ella.
-Si –dije yo desprevenido.
-Entonces sígame –me dijo y me entregó un arma de diseño avanzado.
Una repisa giró dando lugar a una puerta. La doctora entró y yo después de titubear la seguí. De pronto me encontré corriendo a trabes de un pasillo mal iluminado.
Subimos una escalera y salimos a una terraza. Allí había un aparato similar a un helicóptero pero más moderno. Nos instalamos en su habitáculo y la doctora tomó el control, nos elevamos rápidamente.
-Es hora de unirnos a la flota designada a defender esta ciudad ante la inminente invasión extraterrestre. Yo soy la capitana Juarez.
Le pregunté:
-¿Por qué me eligieron a mi?
-Es muy simple: usted demostró fortalecerse ante el miedo y nosotros necesitamos a alguien que pueda hacer eso.
Mientras, seguíamos elevándonos. Yo miraba hacía abajo y veía como todo se empequeñecía. Cuando superamos un grupo de nubes vimos a varios artefactos como el nuestro ordenados en V.
Nos unimos a la formación y juntos avanzamos durante un rato. La capitana me indicó que me hiciera cargo del cañón de la nave. A lo lejos se empezaron a distinguir naves enemigas. Hubo un intercambio de disparos similares a rayos.
Dos naves enemigas fueron alcanzadas produciendo explosiones e irradiando ráfagas de calor. Uno de los nuestros también fue destruido y el piloto se eyectó salvando su vida.
Yo, tomé el control del cañon y empecé a realizar disparos. Me sentía como jugando a la Play Station frente al televisor de mi casa.
Con alegría descubrí que uno de mis disparos dio en una nave enemiga haciéndola estallar. La capitana me felicitó con una palmada en el hombro.
La batalla aérea se fue inclinando a nuestro favor. Después de un cuarto de hora de intercambio de disparos solo quedaron en combate dos naves enemigas, que decidieron retirarse.
La capitana dio muestras de alegría y ordenó a nuestras naves volver a la base. Empezamos a descender y nos dirigimos a lo que parecía un aeródromo abandonado, en el interior de la provincia de Buenos Aires.
Allí aterrizamos torpemente junto al resto de las naves. Los pilotos y sus acompañantes pisaron tierra entre exclamaciones de festejo y abrazos. Yo me sentía emocionado.
La capitana me explicó que habíamos ganado una batalla decisiva, así lo comunicó a otras bases del país y del mundo. Tantas emociones me habían hecho olvidar el dolor de muela, pero este reapareció.
La doctora sacó un maletín con los instrumentos odontológicos y me extrajo la muela sin que yo sintiera demasiado dolor. Demostró tener una mano habilísima.
Desde entonces formé parte del ejército de defensa del planeta en Buenos Aires.