El helicóptero salió 9 am de la capital de Namibia con destino a Kapéc, una de las zonas de mayor riesgo sanitario del país africano.
La doctora Berenice Anderson, de nacionalidad inglesa, sentada sobre una caja metálica entre los paquetes repletos de alimentos y botiquines, miraba desde la altura el paisaje de casas semiderruidas y calles de tierra. Por la radio que llevaba en su mano se dio la noticia de la incursión militar de un grupo armado en la zona como respuesta a un ataque aéreo por parte del presidente Kosami.
Al tocar suelo el artefacto, un grupo de niños desnutridos lo rodearon y se quedaron mirando asombrados el descenso de la doctora. Una moto estacionada a un costado la esperaba para llevarla a un asentamiento en donde residiría por el momento.
La doctora iba mirando el paisaje mientras luchaba contra el viento. De pronto un viejo jeep de origen norteamericano cargado con varios soldados con ametralladoras se cruzó en medio del camino. La moto frenó en una maniobra ajustada.
Al ver el color de piel de la doctora se acercaron a la moto y conversaron en un dialecto que ella no comprendió. Después de amenazarla con un arma, la tomaron y la llevaron al jeep.
El vehiculo tomó por un camino que cruzaba la selva y después de cuarenta minutos llegó a una aldea en la que tanto los adultos como los niños llevaban armas pesadas. Un hombre alto y de piel muy oscura recibió a la prisionera en su choza adornada con banderas de múltiples colores.
En un ingles mezclado con palabras autóctonas le hizo algunas preguntas incisivas. La doctora comprendió rápidamente que se encontraba en una situación de peligro extremo. Luego le fue asignado un guardia permanente.
Berenice trató de calmarse y miró su reloj, eran las seis de la tarde, en poco tiempo el sol empezaría a ocultarse. Miró a su alrededor y se preguntó angustiada donde pasaría la noche. Se sentó en un rincón y empezó a derramar lágrimas.
Cuando se hubo calmado la señorita Anderson hizo una mirada retrospectiva al pasado pasando por los momentos más significativos de su vida. La incertidumbre de no saber si saldría con vida de la comprometida situación en que estaba se apoderó de ella.
En Londres en un departamento ubicado cerca de la estación Victoria vivía la familia Anderson, compuesta por William, el hermano menor de la doctora y sus padres. Al llegar la noticia de que la adorada Berenice estaba en cautiverio, en medio de un conflicto sangriento, la madre derramó desesperadas lágrimas y el padre se amargó profundamente. El pequeño Billi creyó que no volvería a ver a su hermana.
Momentos después se quedó dormida. Si bien el clima era caluroso, a la noche el frío castigaba severamente. Cuando se despertó ya era de día y su guardián estaba a solo unos metros de ella observándola.
El guardia se acercó aún más y le mostró, con una sonrisa en su rostro y murmurando palabras inteligibles, un facón que colgaba de su cintura. Berenice pensó que moriría degollada salvajemente, pero por sorpresa un alarido de afuera hizo que el guardia saliera de la choza. Afuera se oían voces y movimientos de personas yendo de un lado a otro.
Cuando el guardia volvió Berenice trató de entenderse con él, pero este se mantuvo sepulcralmente mudo. Ella se levantó y salió de la choza siempre seguida de cerca. Encontró al africano que hablaba ingles aleccionando a un grupo de niños en el uso de las ametralladoras. Se quedó a un costado y luego le preguntó que iban a hacer con ella.
El jefe le contestó que por ahora se mantuviera en calma y que posiblemente sería liberada en una semana o dos si el presidente del país accedía a los pedidos económicos acordados hacía meses. Berenice era observada atentamente por todos los que la rodeaban, se sentía desorientada y confundida.
A lo lejos vio una sombra proyectada por un árbol de estatura nunca vista por ella hasta entonces y hacía allí se dirigió. Su guardián, como siempre, la siguió.
Al mediodía le llevaron un plato con un alimento pastoso que comió a pesar del gusto horrendo que tenía. Horas después se hizo un revuelo al llegar cinco prisioneros de piel oscura. Fueron puestos en fila y fusilados en un simple trámite.
Al día siguiente dos aviones caza sobrevolaron el campamento dos veces consecutivas y no volvieron a verse. Este suceso fue muy comentado por los aborígenes. Pasaron varios días hasta que el jefe la llamó para conversar con ella. Le comunicó que las negociaciones iban por buen camino y que pronto volvería a su casa, y le informó que la noticia de su cautiverio había trascendido en su país.
Esa misma noche un ataque sorpresa sacudió la aldea. Luces de linternas se cruzaron por todas partes y los disparos de ametralladora irrumpieron en el silencio de la noche. Dos soldados con uniforme verde entraron a la choza de Berenice y mataron al guardia en un instante.
La tomaron y la acompañaron hasta un helicóptero, que ascendió rápidamente. Debajo reinaba el caos. En quince minutos estaban en la pequeña embajada inglesa. Berenice pasó por un examen médico exhaustivo, antes de que la dejaran tranquila. Estaba shockeada.
Su pasó por Namibia fue cortó y complicado. Prefirió volver a su a país para recuperarse junto a sus seres queridos.
miércoles, 14 de mayo de 2008
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