Esa noche Raúl había estado en un bar tomando bebidas blancas hasta altas horas. Acostumbraba a sentarse en un banquito ubicado al lado de la barra.
En los banquitos vecinos se sentaban otros de su misma condición. Gente que se sentía sola y triste, y que encontraba allí un refugio. Las palabras no eran muchas, solo se expresaban de a ratos con comentarios cortos.
La cuestión era sentirse menos desamparados. El alcohol daba ánimo para seguir adelante con las íntimas historias de vida de cada uno de ellos. A veces estas eran muy desgraciadas. En el caso de Raúl sufría una terrible depresión padecida desde tiempos lejanos.
Esa noche antes de ir al bar Raúl había recibido un llamado telefónico. Una hermana le dio la triste noticia de que el hermano mayor de ambos había fallecido. Al día siguiente se realizaría el funeral.
Alrededor de las tres de la mañana Raúl volvió a su casa tambaleándose por las veredas. Se apoyaba en las paredes para no irse contra el suelo.
Un ratero intentó robarle, pero comprendió que no había nada para robar. Después de un rato de andar llegó a su casa.
El problema era que no daba con la llave en la cerradura. Hizo varios intentos hasta que la puerta se abrió. Así como llegó se tiró vestido sobre su cama y durmió hasta el día siguiente.
A la mañana lo despertó un hálito de luz que entraba por la ventana. Miro el reloj de pared y comprendió que debía apurarse para llegar al entierro.
Se dio una ducha, se vistió con lo mejor que tenía y se encaminó al cementerio. Cuando llegó, se disponían a bajar el féretro en la fosa. Raúl se ubicó junto a los demás familiares.
Lo curioso era que entre los familiares del fallecido se encontraban personas que habían muerto hacía tiempo y que Raúl reconoció.
Allí estaban su padre y su madre, sus abuelos y varios de sus tíos. Raúl tenía un dolor de cabeza insoportable. Miraba entrecerrando los ojos a estos personajes y luego miraba al resto de la comitiva.
Al parecer nadie había reparado en la presencia de estos seres. La ceremonia se dio por terminada y la comitiva se disperso triste y con la cabeza gacha.
Raúl hizo lo propio, En la puerta tomó un taxi, con el dinero que tenía en el bolsillo. Como este no era mucho, tuvo que bajarse antes de llegar a su casa.
En el camino pasó por el bar que frecuentaba y entró. Allí estaban sus amigos. Pero no solo los de siempre. A estos se agregaban algunos que ya habían fallecido.
Pero al parecer, tal como le había pasado en el cementerio, solo él veía a los muertos. Sus amigos charlaban entre ellos como de costumbre.
Raúl pensó que estaba alucinando. Así que alegó que se sentía mal, se despidió de sus amigos, un poco nervioso y siguió camino a su casa. Entró y se acostó, pensó que si dormía las alucinaciones cederían.
Cuando despertó, se sentía abombado. Se levantó y se dirigió al baño. Se lavó la cara con agua para despejarse. En el comedor lo esperaba una sorpresa.
Allí estaba su fallecido padre. Cuando Raúl lo vio quedó congelado y retrocedió unos pasos aterrado. Su padre, suavemente lo invitó a sentarse a su lado.
Raúl le preguntó por que le hacía esa visita. Su padre le contestó que quería pedirle algo. Deseaba que su hijo cambie el curso que le estaba dando a su vida. Él se encargaría de darle la energía necesaria.
Desde ese día la vida de Raúl cambió positivamente. Buscó un trabajo y dejó de tomar alcohol. Sus amigos del bar ya no lo veían.
Tiempo después se casó y formó una familia.
sábado, 10 de mayo de 2008
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1 comentario:
Tu cuento es sólido, y expresa un deseo de estabilidad material y emocional.
Saludos!
Sebastián de Posen y Agustín de Gauensdorf-Ferenczy.
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