Todos los hombres aptos para la batalla habían dejado a sus mujeres e hijos para ir al frente. Las primeras semanas reinaba el desconcierto pero poco a poco se formó la conciencia colectiva acerca de que si no se organizaban los que quedaban, morirían de hambre.
Después de deliberar el pueblo quedó a cargo de algunos ancianos que aún pensaban con claridad y un grupo de madres enérgicas. Los habitantes improvisaron un comedor comunitario en un galpón, propiedad de la ya extinguida municipalidad.
Colocaron las mesas en filas y con la ayuda de grandes ollas cocinaron para los niños, los abuelos y para ellas mismas. A veces la escasez de alimentos hacía que los platos se vieran realmente pobres. Las verdes huertas aún no producían la suficiente cantidad de vegetales, las vacas no alcanzaban y ya quedaban pocas gallinas.
Un grupo reducido de madres hacía expediciones por los alrededores para comprar alimentos. Sacaban de sus ahorros todo lo que tenían, pero en esos tiempos el dinero tenía un valor insignificante y la gente de los alrededores no se desprendía de los víveres por nada del mundo.
La guerra creó una nueva clase de individuos: oportunistas que se dedicaban al comercio de víveres pretendiendo hacerse ricos con las circunstancias del momento. Conseguían carne y verduras en lugares desconocidos y los intercambiaban por oro en los pueblos que visitaban.
Uno de esos traficantes se llamaba Jeremías y se acercó una tarde a Rivaria con su camioneta destartalada y destapó una manta oscura que cubría los alimentos, delante de un grupo de ciudadanos.
Lo que pretendía Jeremías por su cargamento de víveres era una cantidad desorbitante comparada con el escaso oro que juntaron entre todos los vecinos, violando cajas fuertes y cofres, de las casas deshabitadas y abandonadas, ya que sus ahorros ya los habían gastado. Las súplicas y las razones dadas por las madres desesperadas no pudieron ablandar el pétreo corazón del comerciante.
Algunas madres empezaron a cuchichear disimuladamente. La idea se propagó rápidamente, rodearon a Jeremías como lobos al acecho de una presa y lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. El insensible se despertó encarcelado en la comisaría, desde hacía un tiempo en desuso. y rogaba desde detrás de las rejas que por favor lo liberaran.
Descargaron la mercadería y la llevaron al galpón. El refuerzo de alimentos se racionó cuidadosamente y duró, para alivio de las madres, una semana entera.
Días después un soldado del bando socialista, entró cojeando por la calle principal de Rivaria en busca de agua potable. María, madre de tres hijos lo vio venir y lo ayudó a llegar al galpón. Sentado en una mesa el inválido contó que era de un pueblo ubicado a doscientos kilómetros al este de nombre Ferras.
Según dijo las cosas en el frente no iban bien:
-No podremos contenerlos mucho más. Llegan refuerzos enemigos constantemente y en unos días romperán nuestra línea y estarán pisando este suelo.
Los niños que ya entendían lo que pasaba empezaron a berrear y el terror se propagó entre los presentes. Solo tenían unos días para decidir como proceder. Las horas pasaban y no encontraban una solución posible hasta que Ramiro, uno de los ancianos, recordó que detrás de la montaña había una cabaña escondida.
Utilizando la camioneta transportaron los elementos imprescindibles a la construcción oculta, detrás de la montaña.
En el camino hicieron un alto en la cima de la montaña desde donde se veía con claridad el pueblo abandonado y sin movimiento alguno. Hacía calor y las madres acostaron a sus hijos en la cabaña y pasaron la noche a la intemperie. Durante la mañana pasó un batallón enemigo desordenado por el valle.
Se detuvieron en el pueblo y lo inspeccionaron casa por casa, y al ver que no había nada que les sirviera siguieron camino hasta desaparecer detrás de un bosque de pinos. Los habitantes de Rivaria vieron desde la misma cima, con alivió como los soldados enemigos desaparecían.
Esa noche alrededor de una fogata, alimentada con ramas secas traídas por los niños se deliberó sobre cual sería el siguiente paso y se llegó a la conclusión de que esperarían a tener noticias de la situación de la guerra.
Como el tiempo pasaba y las noticias de la situación militar no llegaba, Marta una de las madres más tenaces propuso crear una célula y enviarla en busca de información. Hacía ya dos semanas que vivían ajenos a lo que sucedía fuera.
Jorge, uno de los ancianos se ofreció como voluntario, y todos estuvieron de acuerdo en que fuera él acompañado por dos mujeres: Josefina y Ramona. A la mañana siguiente cuando el sol aún no había salido partieron los tres expedicionistas con una mochila llena de alimentos.
Tomaron la dirección de Góntes, el pueblo más cercano y llegaron allí cerca del mediodía. Los habitantes los recibieron con alegría y les contaron que estaban en la misma situación de ignorancia sobre como iba la guerra, pero temían una ocupación enemiga. Sabían que los tratarían con desprecio y altanería, y se adueñarían de todos los objetos de valor.
Los tres enviados siguieron el camino, sabiendo que arriesgaban sus vidas, hacia el norte. Después de cruzar un río de poco caudal encontraron a un guardabosques que les contó lo que un viajero le había relatado a su vez:
-Al parecer la milicia del rey tiene la guerra ganada, pero yo, conociendo el carácter del soberano, deduzco que no van a ser duros con los pueblos insurrectos. Seguramente usaran políticas persuasivas para ganarse la simpatía de los habitantes de nuestra región.
Los viajeros no confiaron demasiado en las palabras del ermitaño. Pensaron que posiblemente había inventado lo que decía para darse importancia, así que siguieron caminando hacía el norte. En un pequeño asentamiento al costado del camino unos campesinos aseguraban que sus tierras ya eran del rey y que pronto se las quitarían.
Siguieron en su búsqueda y divisaron a lo lejos a tres soldados realistas con uniforme rojo que venían montados en sus caballos. Jorge quitó a sus dos compañeras de la carretera y los tres se escondieron detrás de una hilera de arbustos.
Los soldados venían charlando sobre sus familias cuando Josefina, sin consultar, salió de su escondite y se acercó a los tres hombres y les preguntó:
-Buenas tardes, señores. ¿Díganme quien ganó la guerra?
-Los realistas, por su puesto señora, hemos vencido ampliamente -respondió el que parecía más joven.
Josefina pensó en su esposo y preguntó angustiada:
-¿Saben algo de Matías Alfonso? Es mi esposo y temo que halla muerto. Es de un pueblito más al sur llamado Rivaria.
-Señora seguramente su esposo ya no esta entre los vivos, quedaron pocos prisioneros. Lo lamento.
Jorge y Ramona salieron del escondite y caminaron con timidez hasta la carretera. Ramona abrazó a su amiga y Jorge preguntó:
-¿Qué piensa hacer el rey ahora que nos tiene en un puño?
-El rey es magnánimo y va a proteger a sus corderos descarriados para volverlos a la senda.
Los tres habitantes de Rivaria saludaron a los soldados y comenzaron su camino de regreso al pueblo. Tres días tardaron en llegar. Los otros los recibieron ansiosos por saber que habían averiguado. Jorge contó todo desde que llegaron a Góntes hasta que se cruzaron con los soldados realistas.
Las mujeres y sus hijos lloraron un largo rato porque había pocas probabilidades de que sus padres y esposos estuvieran vivos. Jorge pidió atención y dijo:
-Tenemos que ver la mitad del vaso llena. Nuestros hijos están a salvo, el ejercito realista va a llegar y nos prestara la ayuda necesaria para alimentarlos. Yo también estoy triste, se que no hay posibilidades de que vuelva a ver a mi dos hijos, pero la vida debe seguir adelante. Debemos volver a nuestro pueblo.
Y así se hizo, tomaron las pertenecías, bajaron por un camino escarpado por la ladera de la montaña hacía Rivaria y esperaron la llegada de los enemigos.
Los vieron venir al quinto día. Eran una veintena de realistas con sus armas y caballos. El primer oficial, José Antonio, se paró frente a los habitantes y comenzó su discurso:
-Pobladores de esta ciudad los invito amablemente a responder a mis ordenes en todo y serán tratados con respeto y podrán continuar sus vidas con toda la normalidad que deseen.
Se escuchaba con atención a este hombre alto y delgado que en adelante decidiría sobre ellos. Marta y Jorge pidieron que se continuara con el funcionamiento del comedor. El primer oficial argumentó que no quería reuniones, que cada habitante debía permanecer en su casa y que un cargamento con víveres llegaría pronto como señal de amistad de parte del soberano protector.
Los habitantes no tuvieron más remedio que hacer lo que se les decía, cada uno se dirigió mansamente a su casa. Por la noche los soldados hacían rondas por las calles asegurándose de que nadie saliera de su hogar.
Riviera se convirtió en un pueblo desolado, el viento corría por sus calles desiertas. Para ir de una casa a otra se hacía siempre con la compaña de un soldado, que se mantenía presente en las conversaciones. Cualquier frase que pusiera en peligro la seguridad del orden impuesto era llevada inmediatamente a José Antonio, amo indiscutible de Riviera.
Una tarde, Jorge intentó llegar a la casa de su amiga Marta con intención de tener una conversación privada para deliberar que harían para deshacerse de los soldados. Sabían que eso no se podía hacer de un día para otro, pero no se podían quedar en la situación en que estaban.
Jorge salió de su casa cuando el soldado que lo custodiaba se había acercado a su compañero más cercano para pedirle un cigarrillo y se quedaron conversando unos minutos. El anciano dio un rodeo para no ser descubierto. Se escondió detrás de un sicómoro y corrió hasta el portal de una casa, y faltó poco para que sea descubierto.
Entró por la puerta trasera de la casa de Marta y la encontró sentada de espaldas en un sillón de paño sumida en amargos pensamientos. Se acercó silenciosamente y Marta se sobresaltó. La conversación fue larga, al principio pensaron en que había que apuntar al primer oficial, una puñalada certera podía liberarlos de ese personaje despreciable.
-¿Pero hasta cuando? –preguntó Marta. En pocos días llegarían otros soldados, se impondría otro amo y la situación sería la misma, si es que no los castigaban. Jorge convino, pero ¿qué hacer? Se llegó a la conclusión de que había que dar el golpe pero de forma colectiva, para luego escapar al sur, a los territorios aún independientes y fuera del alcance del poder real.
Marta pudo comunicar a un grupo de mujeres cual era el plan y cuando tenían que hacer su parte. Un anochecer cuando el sol estaba bajando y todo estaba calmo, salieron de su casa las tres mujeres encargadas de la farsa. Una con un cuchillo de cocina decía que quería terminar con su vida, que así no se podía estar “en este mundo”.
Otras dos, entre ellas Josefina, impedían que aquella culminara con su acción. Así se atrajo la atención de los soldados y José Antonio no tardo en venir. Las mujeres siguieron la escena un largo rato a pesar de la presencia del jefe. Los llantos y los gritos no cesaban.
Por otra parte Jorge acompañado de un anciano llamado por todos por el sobrenombre de “el calvo” entró en el edificio municipal donde tenía su despacho el jefe y robaron varios fusiles y granadas. Cuando Sabino volvió al lugar y no encontró las armas, dio orden de revisar inmediatamente casa por casa a sus soldados.
Pero ya era tarde, desde las ventanas los de Riviera descargaron los fusiles y arrojaron las granadas haciendo un verdadero exterminio.
Rápidamente se juntaron los elementos ya preparados, para partir. Así empezó el éxodo hacia el territorio libre. Tardaron dos días y una mañana en llegar a la primera ciudad después de la frontera donde fueron recibidos ante la mirada asombrada de los habitantes del lugar.
El intendente de la ciudad, hombre serio y amable les designó un pabellón adonde podían instalarse en adelante e invitó a Jorge a su despacho. Allí el viejo le contó los sucesos pasados. Por su parte, el intendente le explicó que se estaba preparando una contraofensiva con el apoyo de un país limítrofe que se sentía amenazado por la expansión del poder realista.
Las madres se sentían por fin resguardadas de los peligros de la guerra, por un tiempo más o menos extenso. De esta forma los nervios fueron pasando y los ánimos se relajaron.
En el cuartel una división de infantería se estaba preparando para partir hacia el territorio en disputa. Pronto llegarían refuerzos de otras ciudades vecinas.
miércoles, 14 de mayo de 2008
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