lunes, 6 de julio de 2009

El tesoro de mi tía

Hacia rato que el sol se había puesto. Volvía por las calles iluminadas por tristes faroles colgados a varios metros por sobre el pavimento a unas largas columnas de troncos de madera pintados de blanco.
Durante el recorrido solo me crucé con unos pocos transeúntes que mantenían sus miradas pegadas al suelo de baldosas rectangulares. Algunos autos estaban estacionados sobre los costados de las calles, y de las casas no se desprendían rumores ni ruidos.
Iba vestido de negro y llevaba las manos guardadas en los bolsillos. Mi cabeza estaba protegida con un sombrero gris y el resto de mi cuerpo por un gabán de tela gruesa y negra que me evitaba sentir el frío que aseguraban iba a hacer a la noche en la radio.
Mientras caminaba pensaba en mi tía Roberta. Si bien no la había conocido demasiado sentía por ella un afecto verdadero, quizá por que me recordaba a mi difunta madre, quién fue su inseparable incluso mientras yo viajaba por Europa acompañando a mi maestro, el famoso psiquiatra Holz en sus seminarios y conferencias.
El entierro había sido emotivo pero asistieron pocas personas, entre ellas mis primas Juana y Fernanda, con quienes estuve charlando largo rato de nuestros ascendientes más directos de los cuales ya no quedaba ninguno con vida.
Por fin llegué a la puerta de mi casa e introduje la llave en la cerradura. La puerta se abrió y colgué mi gabán y el sombrero en el gancho de madera. Me senté en el sillón del living y procuré relajarme, había sido un día largo y cansador.
Prendí el televisor y miré una vieja película hasta que me quedé dormido allí mismo con la cabeza tirada hacía atrás. A las tres y cuarto de la mañana me despertó el llanto de un gato. Me dirigí a mi habitación y me acosté con la ropa que llevaba encima.
A medía mañana me desperté con un rayo de luz que se filtró por la persiana. Afortunadamente era sábado y no tenía que ir al consultorio, pero si recordé enseguida que había prometido a mis primas una visita a la casa de mi tía.
Me dí un baño, me vestí cómodamente y salí a la calle, aún hacia frío. Caminé con el sol detrás las ocho cuadras que me separaban de la calle Barrientos, en donde se encontraba la magnifica casa de mi difunta tía Roberta.
Toqué el timbre y enseguida salió Fernanda, quien atravesó el jardín delantero y abrió el portón de rejas verdes. Entré, y ella me dio un abrazo, juntos caminamos hasta la puerta de la casa.
Adentró todo parecía haberse quedado en el tiempo y los rayos de sol que entraban por las ventanas dejando en evidencia intensas nubes de polvo. Apareció Juana por una puerta que después supe conducía a la cocina.
Juana sabía de mi afición por los libros, con lo cual lo primero que hizo fue invitarme a ver la biblioteca de la planta alta. Durante la subida me contó que tenían un comprador para el caserón y que debían deshacerse de la mejor manera de todo lo que llenaba la casa, en un plazo ajustado, y que con el dinero tenían que pagar deudas a acreedores.
Al entrar en la habitación que hacía de salón de estudios me encontré con una vasta cantidad de libros antiguos que cubrían las paredes hasta el techo. Detrás nuestro entró Juana y entré los tres estuvimos haciendo una revisión superficial de los millares de volúmenes.
Decidimos que yo me llevaría la cantidad máxima de libros que podía albergar en mi casa, el resto lo venderíamos a un comprador de libros. De pronto recordé a un amigo bibliófilo que tenía, y que hacía tiempo no veía, y se lo referí a mis primas.
A ellas les pareció una idea “fantástica”, así que les prometí ocuparme del tema cuanto antes. Después recorrimos el resto de la casa. Me llamaron especialmente la atención los cuadros que adornaban varias de las salas. Me dijeron que elija algunos y así lo hice.
Más tarde tomamos un café en la cocina y seguimos nuestra conversación de la noche anterior. Mis primas afirmaban que mi tía había invitado a esa misma casa a grandes personalidades de la cultura, tanto argentinos como del extranjero.
Después la conversación se condujo por si sola a las infidelidades, de las cuales yo conocía algunos casos pero que me enteré de muchos más esa tarde. Al parecer había sido una común denominador en mi familia.
Por fin, cuando ya oscurecía volví caminando a mi casa y busqué en una vieja libreta telefónica el número de Fabricio, mi antiguo amigo bibliófilo, quién seguramente me asesoraría en cuanto a los libros de mi difunta tía.
Marqué el número y me atendió una mujer de avanzada edad, quién me dijo que Fabricio había salido, también me preguntó quién era yo y cuando le satisfice la curiosidad, se acordó de mí y me peguntó emocionada que era de mi vida. Por fin colgamos.
El domingo por la mañana me llamó Fabricio y acordamos una visita a la calle Barrientos para reconocer los libros. Al mediodía llegué a la puerta del caserón y allí estaba mi amigo de la adolescencia esperándome apoyado en el pilar del portón con las manos en su espalda y una sutil sonrisa en sus labios.
Nos dimos un abrazo y me encargué de tocar el timbre. Enseguida salió Juana, nos invitó a pasar y nos condujo a la biblioteca. Mi amigo al ver semejante espectáculo se quedó boquiabierto.
-Daniel, -me dijo- esto es impresionante, debe haber una fortuna acá.
Pensé que su pasión por los libros lo hacía exagerar, le pregunté:
-¿Estas seguro?
-Si, tendría que revisarlos, pero acá debe haber un dineral.
Le creí y juntos empezamos a revisar los libros tomo por tomo, mientras Fernanda nos preparó mate y cocinó para nosotros galletitas caseras. De pronto tomé un ejemplar cuya tapa parecía haber sido confeccionada artesanalmente. Se la mostré a Fabricio quién lo miró detenidamente y me dijo:
-Es un libro antiquísimo, no deben quedar muchos de estos. Es un tomo de un poema llamado Gilgamesh del editado en el siglo XI, una verdadera reliquia.
Los tres, mis primas y yo esperábamos ansiosos que el bibliófilo nos dijera un valor estimativo del tesoro. Finalmente habló:
-Tendría que hablar con un amigo librero de Londres para que me diga con mayor exactitud de que suma les pueden dar por el libro. Sin embargo me animo a decir que supera los quinientos mil pesos.
Mis primas saltaban de alegría y yo no me sentía menos contento. Más tarde mi amigo y yo abandonamos la casa y el tesoro quedó en manos de mis primas, quienes prometieron guardarlo en la caja de seguridad ubicada detrás de un cuadro de Quinquela Martín.
Yo me dirigí a mi casa, contento con el descubrimiento y me despedí de Fabricio en una esquina. Me prometió hablar con su amigo de Londres el día siguiente por la mañana. En mi casa me senté en mi sillón predilecto y tomé una novela de Dickens, cuyo nombre no recuerdo.
Pasé la tarde del domingo tratando de concentrarme en la lectura, pero mi ansiedad no me lo permitía. Pensaba: ¿en caso de venderse el libro que parte me correspondería a mí? El libro era de mis primas, pero yo había llevado a mi amigo, y fue él quien hizo el descubrimiento.
Por momentos estaba confiado en la solidez de mi relación con mis primas, y de pronto desanimado pensaba que hacía casi una década que no tenía contacto con ellas con excepción de los últimos días.
El lunes por la mañana me llamó Fabricio y me confirmó la suma. Me pedía un porcentaje de la venta: quería aproximadamente un veinticinco por ciento del total. Yo le dije que iba a hablar con mis primas y después lo llamaría.
Llamé a la casa de la calle Barrientos y me atendió Fernanda, me dijo casi llorando que el libro había desaparecido de la caja fuerte. Colgué y me dirigí rápidamente hacía el lugar del hecho.
Mis primas estaban ambas muy angustiadas y me mostraron la caja de seguridad abierta, las huellas de unos zapatos que se dirigían a un ventanal cuyo vidrio estaba roto. Traté de tranquilizarlas. Pero el sueño se había terminado y la posibilidad de una vida mejor se convertía en un imposible.
En esta situación mis primas padecerían de una situación económica sumamente estrecha. Mis primas empezaron a sugerirme que la responsabilidad del robo era mía, que mi amigo, el bibliófilo, había robado el volumen.
Llamé en ese inmediato instante a Fabricio y le conté lo sucedido. Me demostró un gran asombro por lo sucedido. Me pareció que era sincero o quizá era un excelente comediante y yo no lo sabía.
Pensé que había varias posibilidades, casi fantásticas, sobre el modo en que había sucedido el robo. Quizá mis primas para no compartir el dinero con terceros fingieron un autorobo o cabía la posibilidad que alguien se hubiera enterado del tesoro por medio de Fabricio, ya que yo (y creo que mis primas, recluidas como vivían tampoco) habíamos contado a nadie sobre el descubrimiento.
Una idea me rondaba en la cabeza, ¿sería conveniente avisar a la policía? Concluí en que no era una buena determinación, pero si se me ocurrió llamar a un detective cuyo aviso había visto casualmente en el diario.
Lo llamé inmediatamente y acordamos encontrarnos en un bar que yo solía frecuentar, a pocas cuadras de mi casa. Me dijo sus señas para que yo lo pudiera reconocer: me contó que era gordo y que estaba vestido de gris.
Entré al bar y ni bien miré a mi alrededor reconocí al detective, era realmente gordo y llevaba anteojos gruesos. Me senté frente a él y le estreché mi mano. Me pidió que le contara la historia del libro.
Le conté los acontecimientos desde el funeral de mi tía Roberta hasta la desaparición del valiosísimo ejemplar, sin olvidar de referir la intervención de Fabricio. Sánchez, así era el nombre del detective, me dijo con asombrosa seguridad:
-Quienes tienen en su poder el valioso ejemplar son sus primas, entre las dos planearon el simulacro de robo.
-¿Cómo puede estar tan seguro si ni siquiera habló con ellas, ni estuvo en la escena del hecho?
-Le doy veinticuatro horas para que usted se de cuenta por si mismo de cómo sucedieron las cosas. Si usted resuelve el enigma por si mismo no tiene que pagarme nada, de lo contrario llámeme y yo le esclareceré el asunto, pero de esta forma deberá usted pagarme una suma considerable. Adíos.
Sánchez se levantó y abandonó el bar moviéndose dificultosamente debido a su obesidad. Yo quedé perplejo, estaba sorprendido por las palabras del detective y no tenía la más pálida idea de cómo probar que mis primas habían fingido el robo, es más, no lo creía probable.
Miré mi reloj, tenía tiempo de averiguar lo sucedido hasta las tres de la tarde del día siguiente. Decidí empezar yendo a la casona donde vivían mis primas. Ni bien entré les conté que había hablado con un detective.
Ellas estaban sorprendidas o quizá solo querían esconder su nerviosismo. Les pedí que me mostraran la caja fuerte, a lo cual se mostraron bien predispuestas. La caja había sido violada, al parecer con un explosivo, pero mis primas me aseguraron que no habían escuchado detonación alguna, lo cual era bastante extraño.
Después observamos detenidamente las huellas de los zapatos, concluimos que eran zapatos de hombre, por su medida. El vidrio de la ventana había sido roto con una piedra que había sido arrojada, después del golpe a una maceta del jardín.
Confundido por pruebas que nada me aclaraban el panorama volví a mi casa caminando y reflexionando. Me pareció una buena idea hablar con Fabricio, quizás él pudiera ayudarme a aclarar las cosas.
Le conté absolutamente todo, incluyendo lo que había hablado con el detective y la visita al caserón. Le confesé que estaba totalmente confundido y le pedí encarecidamente que me dijera si había hablado con alguien sobre el libro. Me respondió que solo con su madre, colgué.
Me fui a dormir temprano prometiéndome que al día siguiente me levantaría al alba y solucionaría el misterio de una u otra forma. Pero esa mañana me quedé dormido y me levanté al mediodía, mis posibilidades eran casi nulas.
De pronto caí en la cuenta de algo que podía ser clave. Recordé que en mis años de adolescente la madre de Fabricio y mi madre se conocían bastante, y que en una ocasión mi tía Roberta había charlado durante una fiesta algunas palabras a cerca de unos valiosos cuadros con la madre de Fabricio.
Esta era comerciante de pinturas y mi tía Roberta deseaba vender unos valiosos cuadros. Todo esto se vino a mi mente como una absurda avalancha. Se me ocurrió una idea algo alocada pero sin embargo posible.
La madre de Fabricio al enterarse del caso del valioso libro se pudo haber comunicado con mis primas a través del teléfono de la casona(que tenía desde aquel entonces) y ofrecerse a vender el libro al librero ingles a cambio de un porcentaje menor al que ellas debían darme a mí o a Fabricio.
Para probar mi hipótesis me comuniqué con Fabricio y le conté lo que sospechaba. Le pedí que me dara el teléfono del inglés. Caminé hasta un locutorio y llamé a este último. Con mis conocimientos básicos del idioma anglosajón me entendió lo que yo le preguntaba y me confirmó mis sospechas al decirme que el libro se lo había vendido una señora mayor de Buenos Aires.
Estaba todo aclarado pero yo no podía hacer ningún reclamo por nada ya que al fin de cuentas el libro era de mis primas y ellas podían hacer con él lo que se les antojara. Pero si me sentí defraudado y ya nunca quise acercarme a ellas, quienes por otra parte no me llamaron. En cuanto a Sánchez le expliqué mi hipótesis y él me confesó que era concretamente la misma de él, al menos no debía pagarle absolutamente nada.

miércoles, 10 de junio de 2009

Pepito

En ese entonces yo no era Pepe sino Pepito, el más pobre de los borregos que vivían en la pensión de la calle Italia. Mi tía María Agustina era mi tutora por orden de un juez desde que fallecieron mis padres de tifus. Mi tía padecía de una honda depresión y yo era quién se ocupaba de todo.
Era yo mismo quién por la enfermedad de mi tía iba a cobrar la pensión que le había dejado mi tío, un capitán de la marina muerto en alta mar. A veces cuando volvía de las oficinas donde me daban el dinero paraba en un puesto de panchos de la avenida y comía hasta tres.
Pero aunque niño sabía que el dinero era el justo para sobrevivir toda la semana. Así que volvía a la pensión por los caminos más seguros para no arriesgar a que me robaran el dinero. Subía al primer piso por unas escaleras de metal y abría la puerta de la casita, iba al cuarto de mi tía, quién estaba tumbada en la cama, la mayor parte de las veces llorando en silencio.
Le contaba que había cobrado la pensión y trataba de animarla por todos los medios posibles, pero era inútil. Una tarde en el tranvía escuché la conversación entre un médico y una señora. Esta le relataba que su esposo estaba sin trabajar, en cama y taciturno y deprimido, y el doctor le dijo que estaba enfermo y que tenía que tratarse.
Una tarde después de la escuela fui a un hospital de la avenida y le expliqué a una recepcionista el problema de mi tía. Tuve que esperar varias horas hasta que finalmente apareció un hombre de guardapolvo blanco: era el mismo del tranvía.
Me dijo ser psiquiatra y me acompañó hasta la pensión y habló largo rato con mi tía hasta que ella le prometió que se trataría, que asistiría dos veces a la semana a un tratamiento en el hospital. El médico me prometió que mi tía se pondría mejor en un tiempo no muy extenso.
Pasaron los meses y yo era quién le insistía para que vaya al hospital y finalmente lo conseguí. Empezó a cambiar su humor y se mostraba afectuosa conmigo y hablaba maravillas del doctor, de quién decía que además era muy guapo.
Llegó el verano y el doctor, mi tía y yo hacíamos largos paseos por el parque alrededor del lago. Reíamos y la pasábamos muy bien, el doctor me compraba dulces y mí tía lo miraba absorta, se estaba enamorando del buen hombre.
Finalmente meses después ambos se casaron y los tres nos fuimos a vivir a una casa con parque y me compraron ropa nueva, me cambiaron de escuela por una privada, donde yo aprendía ingles. El doctor era muy rico y hacía viajes al exterior a menudo. Éramos una familia feliz.
Cada tanto yo iba a visitar a mis amigos de la pensión, algunos de ellos me miraban con envidia cuando les contaba la casa en que vivía y otros detalles. No podían creer que yo hubiera dejado de ser el más pobre de todos para convertirme en un niño limpio, educado y mimado.

lunes, 25 de mayo de 2009

El monopolio

Mi padre al jubilarse me dejó como herencia un negocio de ferretería ubicado sobre la avenida comercial. Sobre esta avenida había todo tipo de locales de los rubros más diversos, pero ninguna ferretería, con lo cual todos en unas diez cuadras a la redonda acudían exclusivamente a mí cada vez que necesitaban algún artículo de ferretería.
Debo confesar que me aprovechaba de esta situación subiendo a veces consideradamente el precio de lo que vendía. Pero nadie nunca vino a reprocharme nada y yo seguía acumulando riqueza.
Tuve la idea de tomar un empleado con quién compartir el trabajo de atención al público y así lo hice. Mi esposa conocía a una anciana del barrio que tenía un nieto que apenas había salido del colegio y me lo mandó a la ferretería.
Estuvimos charlando y acordamos que estaría dos días de prueba, el joven se llamaba Agustín y era alto, flaco y tenía el pelo rojizo, además era tímido y respetuoso. Los dos primeros días llegó a la mañana antes que yo al local, era callado pero tenía buen trato con los clientes.
Lo incorporé definitivamente al trabajo después de acordar una paga. Al verlo tan reservado se me ocurrió contarle que los precios estaban inflados pero nadie se había percatado, necesitaba poderosamente contarselo a alguien.
Cometí un grave error, a Agustín se le ocurrió contarle el secreto a su abuela y de ahí en más se empezó a correr el rumor de que yo era un chanta. Hasta mi mujer se enteró y me preguntó seriamente si lo que se decía era verdad.
Yo, en ese preciso momento, decidí desmentir a mi propia esposa sobre algo que era muy cierto y ella pareció no creerme pero no insistió con las preguntas. Al día siguiente, lunes, llegué al local y me esperaba Agustín.
Entramos pero dejé la puerta cerrada por dentro, quería hablar con mi empleado. Sin demasiadas vueltas me confesó que le había contado a su abuela lo de los precios inflados, pero que nunca imaginó que el secreto se convirtiera en rumor generalizado.
Cuestión que acordamos luchar contra lo que se decía por ahí desmintiendo los dos. Pocas semanas después el plan había dado resultado y la clientela volvió a comprar como de costumbre.
Ahí fue cuando se instaló una ferretería sobre la misma avenida a solo tres cuadras de distancia de la mía lo que provocó mi ruina en solo tres meses. Vendí el local y puse una tintorería.