sábado, 7 de junio de 2008
¿Qué es para mi un documental? (Borrador)
Si pienso en la palabra documental no puedo evitar hacer referencia a la palabra madre de aquella: “documento”. Un documental es un cúmulo de información recogida de una realidad concreta. Y en aquella esta siempre impresa la subjetividad del autor. Esta realidad o tema puede ir desde el comportamiento del cóndor andino hasta el conjunto de documentos que explican un periodo histórico. Si bien, el caso del cóndor o cualquier otro tema de la naturaleza que excluye al hombre, es aparentemente ajeno a la subjetividad, esto no es así ya que igualmente, el realizador del documental elige que mostrar y que decir y no decir, y como enfocar los hechos.El documental puede tener un soporte visual y/o auditivo, y además realiza la función benemérita de informar.
jueves, 5 de junio de 2008
Sally en peligro
Esa tarde de invierno me quedé después de hora para terminar una presentación que debía entregar, al día siguiente, a unos clientes extranjeros. Cuando salí a la calle ya era de noche y las veredas estaban casi vacías.
Recuerdo que caminé luchando contra el viento que soplaba en dirección contraría a mí. La calle iba en pendiente hacía abajo y a lo lejos veía el puerto, y el río oscuro e inquieto. Seguí caminando hasta llegar a la cuadra donde estaba mi casa, y mi esposa.
Veinte metros antes de llegar escuché un alarido que heló mi sangre más de lo que estaba. Apuré el paso y abrí la puerta principal, seguramente mi Sally estaría en peligro: no había tiempo que perder. En el vestíbulo no había nada fuera de lo normal, todo estaba en su lugar. Los platos comprados en Munich inmóviles en la pared, el sobretodo de Sally colgado en el perchero y a un costado, la silla de mimbre.
Tenía frente a mí las escaleras que conducían a la planta alta y el pasillo angosto que daba a la cocina y al comedor. Me decidí por las escaleras, tenía la intuición de que Sally estaba arriba. Saltando de dos en dos los escalones llegué rápidamente al espacio central del primer piso.
Las tres puertas estaban, extrañamente, cerradas. Abrí la primera, que daba a nuestro dormitorio, y me encontré la ropa de los placares en el suelo, pero no ví a Sally. Volví sobre mis pasos y esta vez me dirigí, llevándome por delante la puerta, a la sala donde tengo mi escritorio y la biblioteca de mi esposa repleta de libros. Allí todo estaba tranquilo, nada fuera de lo normal.
Por último fui al baño y me encontré con que el espejo estaba roto. Corrí la cortina de plástico de la bañera y nada. Bajé las escaleras y estuve a punto de resbalar. El pasillo se me hizo interminable y finalmente llegué a la cocina y noté enseguida que uno de los cuchillos que tendrían que haber estado colgados sobre la pileta faltaba. Una angustia profunda se apoderó de mí. Pensé lo peor, pero tuve la idea de tomar uno de los cuchillos que quedaban.
Caminé casi desprovisto de esperanzas hacia el comedor y el cuadro que ví me espantó. Mi Sally estaba apresada por un hombre de ojos llenos de furia, y el filo del cuchillo que este sostenía rozaba el blanco cuello de mi amada.
En un arranque de recuerdos instintivos arrojé con fuerza mi cuchillo que dio en el hombro del mal viviente. Sally se pudo liberar, sin salir lastimada y corrió hacia mí. Yo tomé el cuchillo que aquel dejó caer y se lo clavé sin “anestesia” en el pecho. El sujeto se desvaneció y un río de sangre se derramó por su cuerpo.
Cuando vi que Sally estaba a salvo le confesé que antes de conocernos yo fui muy pobre y me ganaba la vida en un circo arrojando cuchillos a una compañera y que nunca había fallado. Ella entendió como había tenido la audacia y la precisión necesarias para hacer lo que había echo.
Así fue, señor juez, cómo sucedieron las cosas.
Recuerdo que caminé luchando contra el viento que soplaba en dirección contraría a mí. La calle iba en pendiente hacía abajo y a lo lejos veía el puerto, y el río oscuro e inquieto. Seguí caminando hasta llegar a la cuadra donde estaba mi casa, y mi esposa.
Veinte metros antes de llegar escuché un alarido que heló mi sangre más de lo que estaba. Apuré el paso y abrí la puerta principal, seguramente mi Sally estaría en peligro: no había tiempo que perder. En el vestíbulo no había nada fuera de lo normal, todo estaba en su lugar. Los platos comprados en Munich inmóviles en la pared, el sobretodo de Sally colgado en el perchero y a un costado, la silla de mimbre.
Tenía frente a mí las escaleras que conducían a la planta alta y el pasillo angosto que daba a la cocina y al comedor. Me decidí por las escaleras, tenía la intuición de que Sally estaba arriba. Saltando de dos en dos los escalones llegué rápidamente al espacio central del primer piso.
Las tres puertas estaban, extrañamente, cerradas. Abrí la primera, que daba a nuestro dormitorio, y me encontré la ropa de los placares en el suelo, pero no ví a Sally. Volví sobre mis pasos y esta vez me dirigí, llevándome por delante la puerta, a la sala donde tengo mi escritorio y la biblioteca de mi esposa repleta de libros. Allí todo estaba tranquilo, nada fuera de lo normal.
Por último fui al baño y me encontré con que el espejo estaba roto. Corrí la cortina de plástico de la bañera y nada. Bajé las escaleras y estuve a punto de resbalar. El pasillo se me hizo interminable y finalmente llegué a la cocina y noté enseguida que uno de los cuchillos que tendrían que haber estado colgados sobre la pileta faltaba. Una angustia profunda se apoderó de mí. Pensé lo peor, pero tuve la idea de tomar uno de los cuchillos que quedaban.
Caminé casi desprovisto de esperanzas hacia el comedor y el cuadro que ví me espantó. Mi Sally estaba apresada por un hombre de ojos llenos de furia, y el filo del cuchillo que este sostenía rozaba el blanco cuello de mi amada.
En un arranque de recuerdos instintivos arrojé con fuerza mi cuchillo que dio en el hombro del mal viviente. Sally se pudo liberar, sin salir lastimada y corrió hacia mí. Yo tomé el cuchillo que aquel dejó caer y se lo clavé sin “anestesia” en el pecho. El sujeto se desvaneció y un río de sangre se derramó por su cuerpo.
Cuando vi que Sally estaba a salvo le confesé que antes de conocernos yo fui muy pobre y me ganaba la vida en un circo arrojando cuchillos a una compañera y que nunca había fallado. Ella entendió como había tenido la audacia y la precisión necesarias para hacer lo que había echo.
Así fue, señor juez, cómo sucedieron las cosas.
Historia de José
José vive en Hurlingham desde que yo tengo memoria, a pesar de eso no recuerdo cuando oí hablar de él, ni cuando lo vi, por primera vez. José es parte de la ciudad, no podría separar una cosa de la otra.
Nunca hablé con él, ni se con certeza cual es su historia, ni como llegó a ser lo que es. Muchas veces me contaron versiones sobre su vida que se contradicen considerablemente.
Solo se que cuando camino o salgo con el auto hay una gran probabilidad de que me lo cruce. Su figura gris, su sombrero raído y su barba descuidada que le llega al pecho lo hacen inconfundible.
Siempre camina a pasos cortos y con la espalda inclinada hacía adelante. Recorre las calles, examinando cada cesto de basura que encuentra. Los escolares lo saludan y él como si estuviera en su mundo tarda en levantar la mano y no pronuncia ninguna palabra.
La gente siente cariño por él y el que lo ve, siempre lo comenta con aire de importancia a sus familiares y amigos.
Recuerdo que cuando iba a la secundaría me contaron que José tenía una casita humilde en una ubicación favorable. Nunca me acerqué hasta el lugar pero enseguida me sorprendió que tuviera un domicilio y una propiedad, y que hiciera esa vida.
A veces hago una reconstrucción mental de cómo podría haber sido su pasado. Quizás fue hijo de padres de clase media capaces de haberle dado una educación promisoria. Posiblemente tuvo hermanos que murieron cuando él era aún joven.
Quién sabe si no se casó y tuvo una hermosa familia, y su esposa lo dejó y sus hijos partieron a tierras lejanas. Tal vez tuvo un trabajo bien pago en una empresa multinacional.
Me gustaría saber si eligió la vida que hace o las circunstancias lo llevaron a ella sin otras opciones. José es para mí una gran incógnita.
Mi nombre completo es José Armando Filetti y nací el 5 de mayo de 1924. Recuerdo que cuando mi madre dio a luz, en una habitacioncita de una pensión con mayoría de huéspedes de origen italiano, mi padre había salido a formar parte de una manifestación contra el presidente de turno.
Mis años de pequeñuelo los pasé yendo a una escuela pública del barrio y jugando a la pelota con mis amigos de la cuadra en un pasaje porteño y soñando con jugar en Alumni.
Cuando crecí un poco más me compré una bicicleta con lo que juntaba haciendo mandados a las vecinas. Con esa adquisición conseguí un trabajo como canillita. Me levantaba cuando aún no había amanecido y repartía los periódicos antes de ir a la escuela.
Después conocí a mi único amor: María Filomena. Con ella me casé y tuve tres hijos: Alberto, Gonzalo y Filomena, como su madre. Conseguí una colocación en la aduana y mi economía fue prosperando.
Compramos una casa en Devoto, además de un terreno en Hurlingham para tener una quinta de fin de semana. Mis hermanos volvieron al pueblo napolitano en donde habían nacido mis padres.
Pero una amarga enfermedad terminó con la vida de mi esposa. Mi salud mental fue empeorando y a pesar de los esfuerzos de los médicos no pude seguir trabajando. Me endeudé y perdí mi casa. Mis hijos aún pequeños no podían estar a mi cargo, así que los subí a un barco con destino a Italia.
Por un tiempo mantuve correspondencia con ellos, pero esta se fue dilatando y hace ya mucho que no recibo una carta.
Ahora vivo en una casita que construí en el terreno de Hurlingham. Desde la mañana a la tarde deambulo por las calles juntando lo que puedo, y lo vendo para poder comer. La municipalidad, por pedido de los vecinos tuvo piedad de mí y no me molesta con los impuestos, pero a cambio mi casa va a quedar en sus manos cuando yo muera.
En invierno paso frío, no son suficientes las dos mantas con las que me tapo. Aquel se cuela por las hendiduras de la pared de madera. Desde que vivo aquí tuve tres perros como compañía que fueron muriendo de viejos.
En los negocios de comida me regalan alguna sobra. Prendo un fueguito y con una olla abollada cocino mi comida.
Sé que la gente me reconoce y habla de mí, pero no tengo amigos y hace largos años que no me detengo a hablar con nadie. A esta altura no se si soy capaz de pronunciar alguna palabra, pero eso ya no me importa.
Espero el día en que el sueño se haga eterno, pero me voy de este mundo sin rencores. Al contrario he vivido cosas hermosas.
Nunca hablé con él, ni se con certeza cual es su historia, ni como llegó a ser lo que es. Muchas veces me contaron versiones sobre su vida que se contradicen considerablemente.
Solo se que cuando camino o salgo con el auto hay una gran probabilidad de que me lo cruce. Su figura gris, su sombrero raído y su barba descuidada que le llega al pecho lo hacen inconfundible.
Siempre camina a pasos cortos y con la espalda inclinada hacía adelante. Recorre las calles, examinando cada cesto de basura que encuentra. Los escolares lo saludan y él como si estuviera en su mundo tarda en levantar la mano y no pronuncia ninguna palabra.
La gente siente cariño por él y el que lo ve, siempre lo comenta con aire de importancia a sus familiares y amigos.
Recuerdo que cuando iba a la secundaría me contaron que José tenía una casita humilde en una ubicación favorable. Nunca me acerqué hasta el lugar pero enseguida me sorprendió que tuviera un domicilio y una propiedad, y que hiciera esa vida.
A veces hago una reconstrucción mental de cómo podría haber sido su pasado. Quizás fue hijo de padres de clase media capaces de haberle dado una educación promisoria. Posiblemente tuvo hermanos que murieron cuando él era aún joven.
Quién sabe si no se casó y tuvo una hermosa familia, y su esposa lo dejó y sus hijos partieron a tierras lejanas. Tal vez tuvo un trabajo bien pago en una empresa multinacional.
Me gustaría saber si eligió la vida que hace o las circunstancias lo llevaron a ella sin otras opciones. José es para mí una gran incógnita.
Mi nombre completo es José Armando Filetti y nací el 5 de mayo de 1924. Recuerdo que cuando mi madre dio a luz, en una habitacioncita de una pensión con mayoría de huéspedes de origen italiano, mi padre había salido a formar parte de una manifestación contra el presidente de turno.
Mis años de pequeñuelo los pasé yendo a una escuela pública del barrio y jugando a la pelota con mis amigos de la cuadra en un pasaje porteño y soñando con jugar en Alumni.
Cuando crecí un poco más me compré una bicicleta con lo que juntaba haciendo mandados a las vecinas. Con esa adquisición conseguí un trabajo como canillita. Me levantaba cuando aún no había amanecido y repartía los periódicos antes de ir a la escuela.
Después conocí a mi único amor: María Filomena. Con ella me casé y tuve tres hijos: Alberto, Gonzalo y Filomena, como su madre. Conseguí una colocación en la aduana y mi economía fue prosperando.
Compramos una casa en Devoto, además de un terreno en Hurlingham para tener una quinta de fin de semana. Mis hermanos volvieron al pueblo napolitano en donde habían nacido mis padres.
Pero una amarga enfermedad terminó con la vida de mi esposa. Mi salud mental fue empeorando y a pesar de los esfuerzos de los médicos no pude seguir trabajando. Me endeudé y perdí mi casa. Mis hijos aún pequeños no podían estar a mi cargo, así que los subí a un barco con destino a Italia.
Por un tiempo mantuve correspondencia con ellos, pero esta se fue dilatando y hace ya mucho que no recibo una carta.
Ahora vivo en una casita que construí en el terreno de Hurlingham. Desde la mañana a la tarde deambulo por las calles juntando lo que puedo, y lo vendo para poder comer. La municipalidad, por pedido de los vecinos tuvo piedad de mí y no me molesta con los impuestos, pero a cambio mi casa va a quedar en sus manos cuando yo muera.
En invierno paso frío, no son suficientes las dos mantas con las que me tapo. Aquel se cuela por las hendiduras de la pared de madera. Desde que vivo aquí tuve tres perros como compañía que fueron muriendo de viejos.
En los negocios de comida me regalan alguna sobra. Prendo un fueguito y con una olla abollada cocino mi comida.
Sé que la gente me reconoce y habla de mí, pero no tengo amigos y hace largos años que no me detengo a hablar con nadie. A esta altura no se si soy capaz de pronunciar alguna palabra, pero eso ya no me importa.
Espero el día en que el sueño se haga eterno, pero me voy de este mundo sin rencores. Al contrario he vivido cosas hermosas.
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