jueves, 5 de junio de 2008

Historia de José

José vive en Hurlingham desde que yo tengo memoria, a pesar de eso no recuerdo cuando oí hablar de él, ni cuando lo vi, por primera vez. José es parte de la ciudad, no podría separar una cosa de la otra.
Nunca hablé con él, ni se con certeza cual es su historia, ni como llegó a ser lo que es. Muchas veces me contaron versiones sobre su vida que se contradicen considerablemente.
Solo se que cuando camino o salgo con el auto hay una gran probabilidad de que me lo cruce. Su figura gris, su sombrero raído y su barba descuidada que le llega al pecho lo hacen inconfundible.
Siempre camina a pasos cortos y con la espalda inclinada hacía adelante. Recorre las calles, examinando cada cesto de basura que encuentra. Los escolares lo saludan y él como si estuviera en su mundo tarda en levantar la mano y no pronuncia ninguna palabra.
La gente siente cariño por él y el que lo ve, siempre lo comenta con aire de importancia a sus familiares y amigos.
Recuerdo que cuando iba a la secundaría me contaron que José tenía una casita humilde en una ubicación favorable. Nunca me acerqué hasta el lugar pero enseguida me sorprendió que tuviera un domicilio y una propiedad, y que hiciera esa vida.
A veces hago una reconstrucción mental de cómo podría haber sido su pasado. Quizás fue hijo de padres de clase media capaces de haberle dado una educación promisoria. Posiblemente tuvo hermanos que murieron cuando él era aún joven.
Quién sabe si no se casó y tuvo una hermosa familia, y su esposa lo dejó y sus hijos partieron a tierras lejanas. Tal vez tuvo un trabajo bien pago en una empresa multinacional.
Me gustaría saber si eligió la vida que hace o las circunstancias lo llevaron a ella sin otras opciones. José es para mí una gran incógnita.


Mi nombre completo es José Armando Filetti y nací el 5 de mayo de 1924. Recuerdo que cuando mi madre dio a luz, en una habitacioncita de una pensión con mayoría de huéspedes de origen italiano, mi padre había salido a formar parte de una manifestación contra el presidente de turno.
Mis años de pequeñuelo los pasé yendo a una escuela pública del barrio y jugando a la pelota con mis amigos de la cuadra en un pasaje porteño y soñando con jugar en Alumni.
Cuando crecí un poco más me compré una bicicleta con lo que juntaba haciendo mandados a las vecinas. Con esa adquisición conseguí un trabajo como canillita. Me levantaba cuando aún no había amanecido y repartía los periódicos antes de ir a la escuela.
Después conocí a mi único amor: María Filomena. Con ella me casé y tuve tres hijos: Alberto, Gonzalo y Filomena, como su madre. Conseguí una colocación en la aduana y mi economía fue prosperando.
Compramos una casa en Devoto, además de un terreno en Hurlingham para tener una quinta de fin de semana. Mis hermanos volvieron al pueblo napolitano en donde habían nacido mis padres.
Pero una amarga enfermedad terminó con la vida de mi esposa. Mi salud mental fue empeorando y a pesar de los esfuerzos de los médicos no pude seguir trabajando. Me endeudé y perdí mi casa. Mis hijos aún pequeños no podían estar a mi cargo, así que los subí a un barco con destino a Italia.
Por un tiempo mantuve correspondencia con ellos, pero esta se fue dilatando y hace ya mucho que no recibo una carta.
Ahora vivo en una casita que construí en el terreno de Hurlingham. Desde la mañana a la tarde deambulo por las calles juntando lo que puedo, y lo vendo para poder comer. La municipalidad, por pedido de los vecinos tuvo piedad de mí y no me molesta con los impuestos, pero a cambio mi casa va a quedar en sus manos cuando yo muera.
En invierno paso frío, no son suficientes las dos mantas con las que me tapo. Aquel se cuela por las hendiduras de la pared de madera. Desde que vivo aquí tuve tres perros como compañía que fueron muriendo de viejos.
En los negocios de comida me regalan alguna sobra. Prendo un fueguito y con una olla abollada cocino mi comida.
Sé que la gente me reconoce y habla de mí, pero no tengo amigos y hace largos años que no me detengo a hablar con nadie. A esta altura no se si soy capaz de pronunciar alguna palabra, pero eso ya no me importa.
Espero el día en que el sueño se haga eterno, pero me voy de este mundo sin rencores. Al contrario he vivido cosas hermosas.

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