jueves, 5 de junio de 2008

Sally en peligro

Esa tarde de invierno me quedé después de hora para terminar una presentación que debía entregar, al día siguiente, a unos clientes extranjeros. Cuando salí a la calle ya era de noche y las veredas estaban casi vacías.
Recuerdo que caminé luchando contra el viento que soplaba en dirección contraría a mí. La calle iba en pendiente hacía abajo y a lo lejos veía el puerto, y el río oscuro e inquieto. Seguí caminando hasta llegar a la cuadra donde estaba mi casa, y mi esposa.
Veinte metros antes de llegar escuché un alarido que heló mi sangre más de lo que estaba. Apuré el paso y abrí la puerta principal, seguramente mi Sally estaría en peligro: no había tiempo que perder. En el vestíbulo no había nada fuera de lo normal, todo estaba en su lugar. Los platos comprados en Munich inmóviles en la pared, el sobretodo de Sally colgado en el perchero y a un costado, la silla de mimbre.
Tenía frente a mí las escaleras que conducían a la planta alta y el pasillo angosto que daba a la cocina y al comedor. Me decidí por las escaleras, tenía la intuición de que Sally estaba arriba. Saltando de dos en dos los escalones llegué rápidamente al espacio central del primer piso.
Las tres puertas estaban, extrañamente, cerradas. Abrí la primera, que daba a nuestro dormitorio, y me encontré la ropa de los placares en el suelo, pero no ví a Sally. Volví sobre mis pasos y esta vez me dirigí, llevándome por delante la puerta, a la sala donde tengo mi escritorio y la biblioteca de mi esposa repleta de libros. Allí todo estaba tranquilo, nada fuera de lo normal.
Por último fui al baño y me encontré con que el espejo estaba roto. Corrí la cortina de plástico de la bañera y nada. Bajé las escaleras y estuve a punto de resbalar. El pasillo se me hizo interminable y finalmente llegué a la cocina y noté enseguida que uno de los cuchillos que tendrían que haber estado colgados sobre la pileta faltaba. Una angustia profunda se apoderó de mí. Pensé lo peor, pero tuve la idea de tomar uno de los cuchillos que quedaban.
Caminé casi desprovisto de esperanzas hacia el comedor y el cuadro que ví me espantó. Mi Sally estaba apresada por un hombre de ojos llenos de furia, y el filo del cuchillo que este sostenía rozaba el blanco cuello de mi amada.
En un arranque de recuerdos instintivos arrojé con fuerza mi cuchillo que dio en el hombro del mal viviente. Sally se pudo liberar, sin salir lastimada y corrió hacia mí. Yo tomé el cuchillo que aquel dejó caer y se lo clavé sin “anestesia” en el pecho. El sujeto se desvaneció y un río de sangre se derramó por su cuerpo.
Cuando vi que Sally estaba a salvo le confesé que antes de conocernos yo fui muy pobre y me ganaba la vida en un circo arrojando cuchillos a una compañera y que nunca había fallado. Ella entendió como había tenido la audacia y la precisión necesarias para hacer lo que había echo.
Así fue, señor juez, cómo sucedieron las cosas.

1 comentario:

Manuel Lamas dijo...

Servus!

Leí otros tres cuentos tuyos, y este me parece el mejor; el protagonista es un joven gallardo y viril, está muy bien construído; espero que sigamos nuestra "correspondencia bloggeriana"

Sebastián de Posen y Agustín de Gauensdorf-Ferenczy (Manuel Lamas, no me gusta andar diciendo mucho mi nombre en los blogs, aunque toodos ya saben quién soy...)