Desde el campanario de la Iglesia de San Lucas se tenía un panorama privilegiado. Debajo, en lo inmediato, un hormiguero humano, desperdigado y movedizo cubría la plaza recién refaccionada por el Consejo Administrativo de la ciudad.
A la izquierda se veía el mercado, repleto de puestos de las más variadas mercancías. Del otro lado de la plaza, una ancha e interminable escalera con una pendiente de pocos grados llevaba a una fuente circular de ámplio diámetro, con una estatua de mármol blanco de un guerrero antiguo y desconocido para la mayoría, en el centro.
Si uno alzaba la vista un poco, se encontraba con el río atravesado por cuantiosos puentes con barandas esculpidas y no muy anchos, dispuestos en arcada. Y detrás, el barrio humilde sembrado de grandes casas con techos de tejas rojas, donde sus habitantes vivían casi apiñados. Por el cielo, pintado de manchas blancas, volaban grupos de aves del mismo color, en V.
En las escaleras para ingresar a la Iglesia se juntaba una comunidad de mendigos de asistencia perfecta, cuyos miembros eran siempre los mismos. Allí esperaban sentados a que los paseantes y devotos les obsequiasen una moneda al pasar.
Con su voz lastimosa y su aspecto zarrapastroso conseguían persuadir a la mayoría. A veces se generaban disputas por los lugares estratégicos. Entre esos personajes grises se encontraba Francisca, una mujer de avanzada edad que solía rondar los alrededores a cualquier hora del día y de la noche.
Francisca estaba sola en el mundo y no tenía un hogar fijo. Cuando juntaba dinero se iba a la pensión de un semita, una de las más baratas de la ciudad. Pasaba allí la noche y aprovechaba para descansar al máximo, porque no sabía cuanto tiempo iba a pasar hasta que tuviera debajo de su cuerpo algo blando donde reposar.
Las escaleras, las columnas y las paredes exteriores al edificio religioso eran de una dureza marmórea, que sumadas al frió castigaban los músculos y hacían doler los huesos hasta sentirse uno molido.
Había noches en las cuales Francisca ni siquiera dormía, deambulaba por las calles, cruzaba una y otra vez los puentes sin un destino fijo ni un objetivo consciente. Del otro lado del rió, en los barrios más pobres, Francisca era muy conocida por los vecinos que si bien eran pobres, no lo eran tanto como ella y le daban alguna cosa para comer.
La anciana se había criado y había vivido en ese barrio hasta que quedo viuda y perdió sus habitaciones, al ser estafada por unos prestamistas de absoluta insensibilidad. Como tuvo un solo hijo, el cual falleció de una extraña enfermedad, quedó sola en la vida.
Entre los mendigos encontró una familia sustituta, desamparada como ella, que no le podía servir de sostén material, pero que la hacía sentir menos sola en la triste suerte que le había tocado. Entre esta reinaba el respeto y el compañerismo, y se ayudaban mutuamente con lo que no tenían.
Entre todos, con quién tenía una amistad más estrecha era con Julio, hombre pobre y viejo al igual que ella, capaz de una honestidad y una probidad extremas, y además un compañero fiel que velaba por Francisca en todo lo que podía. La comunidad estaba además integrada por otros compañeros, casi todos de edades avanzadas. Eran personas sencillas con historias, en su mayoría, desgraciadas. La mayoría, mujeres habladoras y pendecieras en exceso.
Una noche triste como otras tantas, Francisca y Julio estaban sin hacer nada, como de costumbre, en uno de los puentes, apoyados contra la baranda, cuando se desató una tormenta apabuyadora. Los dos corrieron a resguardarse debajo del alero de un edificio municipal ubicado en una calle lindera, paralela al rio.
De pronto vieron pasar corriendo a dos hombres de aspecto similar al que se veía en las tabernas y prostibulos clandestinos de la parte más pobre y peligrosa de la ciudad. Uno de los sujetos llevaba en sus brazos a un niño de poca edad que lloraba desesperado al ver que lo quitaban de al lado de su madre.
A lo lejos, en dirección contraria a la que se dirigían los secuestradores, llegaban, entre la niebla y la lluvía, efectivamente, los gritos de una mujer sumida en un ataque de nervios. Francisca y su compañero, con impotencia vieron alejarse y desaparecer a los hombres en la densa oscuridad del barrio bajo. Despues cruzaron el puente, el mismo a donde habían estado ellos charlando hacía pocos minutos.
Los dos mendigos se trasladaron en dirección a los gritos y encontraron a la mujer llorando de rodillas contra una pared. Momentos despues apareció un policia que estaba rondando la zona en ese momento, algunos vecinos oyeron los gritos y se asomaron por las puertas y ventanas de sus casas. El oficial interrogó a la victima, quién relató, más calmada, a los presentes lo siguiente:
-Volvía a mi casa con mi hijo, despues de pasarlo a buscar por la casa de mi madre. Venía del restaurante, en que trabajo. Se me hizo tarde, hoy los clientes se quedaron más de lo acostumbrado.
El policía iba tomando nota en un cuadernillo a una velocidad impresionante. Francisca y Julio oían atentamente. La mujer continuó entre sollozos:
-Ibamos de la mano hablando sobre como había pasado el tiempo en casa de mi madre y de repente, sin haber yo escuchado a nadie lo toman y se lo llevan. ¿Cómo voy a recuperarlo? Digame oficial. Por favor.
-Vamos a hacer todo lo posible, señora. La invito a acompañarme a la comisaría para hacer la denúncia. –respondió con calma el oficial y juntos se alejaron por una calle transversal.
Los dos mendigos se quedaron haciendo comentarios con los vecinos y concluyeron en que iban a hacer lo posible para ayudar a la pobre mujer.
Al día siguiente pasaron la mañana en la Iglesia de San Lucas y a la tarde cruzaron el río para preguntar a los habitantes de aquel barrio si sabían algo del niño robado. La mayoría de los conocidos de Francisca habían oido la noticia del secuestro pero no sabían nada sobre el paradero de la criatura robada ni de los secuestradores.
El último en ser interrogado, el dueño de una taberna de reputación sospechosa, dijo haber escuchado segmentos de una conversación entre dos hombres de aspecto criminal.
-Hablaban de secuestrar a una “criatura”. Yo pensé, estos hombres o tomaron antes de venir o no estan bien de la cabeza. Ahora todo me cierra, se referían al chiquillo. Si, querían pedir dinero a cambio, veintemil, treintamil pesos, no me acuerdo.
Los dos mendigos fueron a la puerta de la Iglesia de San Lucas y pidieron colaboración al resto de la comunidad de semejantes. La respuesta fue instantánea y unánime, acordaron ayudar a la madre a partir de ese momento.
Un muchacho, vendedor de la gaceta local, vociferaba acerca de la noticia. Por otra parte el Consejo Ádministrativo de la ciudad había divulgado que tenía planeado realizar una busqueda minuciosa por todos los rincones de la ciudad, a pesar de ser esto casí imposible, teniendo en cuenta el reducido número de oficiales que tenían en servicio.
La puerta de la Iglesia se convirtió en el centro de comando de la investigación montada precariamente, aunque con grandes posibilidades de éxito, por los mendigos. Cada uno que llegaba al lugar traía algun rumor de procedencia dudosa, pero que se escuchaba con celosa atención.
Así, se iban formando conjeturas y se proponían lineas de investigación. Los mendigos tenían una ventaja sustancial sobre el Consejo y sus oficiales: conocían el barrio pobre como ninguno de aquellos. Investigando, dieron por fin con el dato, casí seguro, de la ubicación de la guarida de los secuestradores.
Informaron inmediatamente al Consejo y este no tuvo más que rescatar al chiquillo. Así el credito fue para el Consejo. La gaceta claramente oficialista obvió por completo el papel de los mendigos. El redito pólitico fue determinante en el futuro de la ciudad.
En un acto público en la plaza de la Iglesia, el Consejo fue aplaudido frente a una mayoría de clase acomodada de esa parte de la ciudad y se pasó por alto la importancia de la ayuda de los mendigos, una vez más.
Tan solo la madre del niño, al ser visitada por Francisca y su compañero, supo como se había llegado a rescatar a su hijo. Ese día la puerta de la Iglesía de San Lucas estaba más silenciosa y desconcertada que nunca porque si bien habían ayudado a encontrar al niño, el rédito dado al consejo injustamente fue utilizado con fines póliticos poco transparentes.
miércoles, 14 de mayo de 2008
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