El dolor de muela me estaba resultando insoportable. Ya no podía escapar a lo inevitable, debía visitar a un odontólogo. Siempre les tuve recelo y pánico, pero no tenía otra opción. Agarré la cartilla de la prepaga y busqué un dentista en la zona de Almagro.
Me tapé con un abrigo y salí a la calle. Afuera hacía un frío devastador. Tomé un taxi en la puerta de mi casa y le indiqué al chofer la dirección del consultorio odontológico.
En pocos minutos estábamos frente al edificio indicado. Le pagué al taxista y me bajé, cuidando de no dar un portazo, cosa que detestan los del gremio.
Una vez en el recibidor, una secretaria me pidió la credencial. Su aire me pareció inhumano y su actitud poco comprensiva. Luego me senté en la sala. La cara de los que estaban, al igual que yo, esperando, no era muy alentadora. Parecían vacas yendo al matadero.
Estaba muy nervioso y escuchaba detrás de la puerta el inconfundible sonido aterrador que produce el torno. No estoy seguro pero me pareció oír, también, el frágil lamento del afligido paciente de turno.
Después de quince minutos de sufrimiento se abrió la puerta del consultorio. Un señor algo mayor que yo salió con gesto de dolor en su rostro y agarrándose la barbilla con la mano. Pasó delante de mí a paso ligero. Yo lo miré mientras avanzaba por el pasillo, hacía la puerta de salida.
La doctora me impactó enseguida, era la frialdad misma. Se dispuso a llamar al siguiente. Yo pensaba que había llegado mi hora. Abruptamente oí: “Ramirez”: no era yo.
El indicado entró cabizbajo. Yo agradecía que no me hubiera llamado a mí. Pero después me di cuenta de que tarde o temprano me iba a llamar y era mejor que fuera cuanto antes, tenía miedo.
Después de otros quince largos minutos la puerta se volvió a abrir. Ramirez salió serio y se alejo. “Gomez” dijo la doctora. Había llegado el momento.
Estuve a punto de decirle que me sentía mal y que tenía que irme a mi casa, pero endurecí la mandíbula y entré.
Adentro me encontré con algo inesperado. La doctora me invitó a sentarme y presionó un botón que estaba ubicado sobre el escritorio y una réplica de Van Ghog, ubicada contra la pared, giró dando lugar a una pantalla.
Yo no entendía nada de lo que estaba pasando y miraba asombrado a la doctora, sin poder articular ninguna palabra.
-Observe atentamente. –me dijo ella.
En la pantalla se explicaba rápidamente que la situación de nuestro planeta era sumamente delicada. Y que yo debía unirme a la doctora en una misión, con urgencia.
-¿Entendió lo que acaba de ver? ¿Esta preparado para salvar el mundo? –me preguntó ella.
-Si –dije yo desprevenido.
-Entonces sígame –me dijo y me entregó un arma de diseño avanzado.
Una repisa giró dando lugar a una puerta. La doctora entró y yo después de titubear la seguí. De pronto me encontré corriendo a trabes de un pasillo mal iluminado.
Subimos una escalera y salimos a una terraza. Allí había un aparato similar a un helicóptero pero más moderno. Nos instalamos en su habitáculo y la doctora tomó el control, nos elevamos rápidamente.
-Es hora de unirnos a la flota designada a defender esta ciudad ante la inminente invasión extraterrestre. Yo soy la capitana Juarez.
Le pregunté:
-¿Por qué me eligieron a mi?
-Es muy simple: usted demostró fortalecerse ante el miedo y nosotros necesitamos a alguien que pueda hacer eso.
Mientras, seguíamos elevándonos. Yo miraba hacía abajo y veía como todo se empequeñecía. Cuando superamos un grupo de nubes vimos a varios artefactos como el nuestro ordenados en V.
Nos unimos a la formación y juntos avanzamos durante un rato. La capitana me indicó que me hiciera cargo del cañón de la nave. A lo lejos se empezaron a distinguir naves enemigas. Hubo un intercambio de disparos similares a rayos.
Dos naves enemigas fueron alcanzadas produciendo explosiones e irradiando ráfagas de calor. Uno de los nuestros también fue destruido y el piloto se eyectó salvando su vida.
Yo, tomé el control del cañon y empecé a realizar disparos. Me sentía como jugando a la Play Station frente al televisor de mi casa.
Con alegría descubrí que uno de mis disparos dio en una nave enemiga haciéndola estallar. La capitana me felicitó con una palmada en el hombro.
La batalla aérea se fue inclinando a nuestro favor. Después de un cuarto de hora de intercambio de disparos solo quedaron en combate dos naves enemigas, que decidieron retirarse.
La capitana dio muestras de alegría y ordenó a nuestras naves volver a la base. Empezamos a descender y nos dirigimos a lo que parecía un aeródromo abandonado, en el interior de la provincia de Buenos Aires.
Allí aterrizamos torpemente junto al resto de las naves. Los pilotos y sus acompañantes pisaron tierra entre exclamaciones de festejo y abrazos. Yo me sentía emocionado.
La capitana me explicó que habíamos ganado una batalla decisiva, así lo comunicó a otras bases del país y del mundo. Tantas emociones me habían hecho olvidar el dolor de muela, pero este reapareció.
La doctora sacó un maletín con los instrumentos odontológicos y me extrajo la muela sin que yo sintiera demasiado dolor. Demostró tener una mano habilísima.
Desde entonces formé parte del ejército de defensa del planeta en Buenos Aires.
sábado, 10 de mayo de 2008
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